Esta mañana he leído algo en el metro, algo que me ha indignado de manera instantánea e irracional.
Luego lo he pensado, y me he indignado aún más, de manera racional.
Así que mentalmente he escrito algo, violento.
Pero no quería volver con un exabrupto.
De hecho, ya tenía escrito aquello con lo que quería volver; era sobre música. Ahí sigue, entre los borradores.
Donde ahora hay además lo escrito (mentalmente) esta mañana, traducido a bits.
Lo guardo y si, cuando vuelva a revolver, sigue pareciéndome bien, lo publicaré.
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El exabrupto que ha resultado del impacto lector, ¿es racional o irracional?
La música que ha chocado con el disgusto para que el día siguiese viniéndose arriba –y yo- desde el inicio del mismo,¿es racional o irracional?
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Por lo menos, creo que he conseguido no volver con un exabrupto.
Categoría: Casual ¡weah!
Pues ya he vuelto.
[v. 2.0 y eso...]
Pues ya termino...
Evidentemente, llevado al extremo, este pseudoargumento que voy a lanzar a continuación podría justificar lo injustificable. En este caso, un desperdicio total de los miles de materiales de dibujo, pintura y escritura que esperan, válidos de solemnidad ellos, no que algún desconocido talento despierte dentro de mí -los útiles citados son, sobre todo, eso... útiles utilitaristas, nada utópicos ni utopistas-, lo que esperan es que me venga el ímpetu definitivo -o sea, duradero- y me ponga a usarlos y no pare, y siga hasta acabarlos; porque los cuadernos aman la fatiga más que yo con mis carreritas.
Pero he de decir, no obstante, que seguir con un cuaderno no es lo mismo que empezar un cuaderno, y que a veces se necesita ese comienzo, empezar un cuaderno nuevo y servirse de él como talismán para luchar...
¡Contra las papelerías de Londres!
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Londres...
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Volvemos con las papelerías londinenses.
Que me han dicho que son más tremebundas que las sirenas y Circe juntas. En lo de enseñar el muslo y el rotrín, y dejar caer los párpados y los posits de colores, para engatusar al visitante -que, poco después, se ve fuera de la cueva encantada, encantado él con una bolsa llena de felicidad materializada en productos de escritorio, y que se sabrá con unos cuantos euros menos (¡¿y qué?!) en cuenta, que no son pauns, que los pauns parecen lliuros, pero cuestan más... como pasó con el euro dichoso y la más económica (y castiza) peseta, vamos-.
Así que he pensado que si me llevo mi cuaderno desde aquí, donde lo he conseguido a un precio más bien competitivo o, al menos (compita o no), más barato; si me llevo mi estupendo cuaderno y los útiles de escritura, podré conjurar (quizá) los encantos de la papelería que me salga al paso, garabateando su fachada y escribiendo al pie cuatro palabras.
O quizá no pueda.
El caso es que son escusas y lo que pasa es que necesitaba un cuaderno nuevo. ¿Por qué? Porque en realidad no lo necesitaba. Y así es: que, que, que; que quería estrenarlo, que me hacía feliz, que las ideas que tenía por la cabeza necesitaban cierto soporte -del que, uno puede pensar, no es más que el equivalente de otro... pero no: no todos valen-. No da igual.
No todos valen.
Este.
Sí.
Mi yo analógico. Papel.
Y tinta.
Y/o grafito.
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Así es como me preparo (baaastante ¡¡¡nervioso!!!) para lo de Londres.
¿Y lo de despues?
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De momento Londres.
Y mi cuaderno.
Y :-)
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Atención: Como añadido al post, pido ayuda a los lectores concurrentes, especialmente a los que pudieren darme datos fiables sobre el tiempo y el clima, a la sazón, londinenses.
Es para confeccionar el equipaje: ¿qué echo a la maleta, este modelo tan veraniego y desigual?
O algo más nocturno y anarcoteatral...
Empecé.
Y seguí...
Empecé a leer lo que los otros han escrito
Y publicado
Y yo
Porque hace un año...
Ahora
Y entretanto
Lo que los otros...
-por ejemplo- Uno
Al pie
Me regala sin querer
La genial idea
De la pesadilla perfecta
Del escritor-artista: ver
Todos sus libros
Publicados
Multiplicándose
Entre dos Bjärnum
Por doquier
En las estanterías del IKEA.
Cuando tu trabajo está estructurado en dos turnos –de 8 a 15:30 horas; de 15:30 a 23- y tú ocupas el segundo, pero un día te toca cambiar, y sales por tanto a las once de la noche, y nueve horas después debes volver, a abrir el gimnasio y entrar a trabajar, entonces, hasta ese día siguiente, dispones de nueves horas en total para: concluir la jornada, echar la alarma, salir fuera del gimnasio y cerrar los cierres, andar hasta casa –esto es lo más corto de todo, si vives al lado-, subir para arriba, abrazar con los brazos a tu perrita, darle de cenar su cena, bajar otra vez abajo y sacarla a pasear de paseo, volver de vuelta, preparar tu cena y ñam-ñam (cenarla), flos-flos-flos (lavarte los dientes con el cepillo de...), abrir la cama para que deje de ser sofá y... desplomarte –el día fue lo suficientemente cansado como para haberte dejado caer en, al menos, tres ocasiones y media, sobre cualesquiera superficies horizontales que, a la sazón, cayesen cerca: faltó tu compañera, la agitación laboral era máxima, te hubieses desplomado y se hubiesen fundido tus plomos si no fuese porque... ¡hay que resistir! Uhmmm-uhjumm...-.
Volvamos: estabas en la cama. Te duermes. Con tanto sueño que te conviertes en un ser inmune al despertador, fijado indebidamente pronto; pero no eres del todo inmune, no: te despiertas, sí; pero con cuarenta minutos escasos para: levantarte hasta alcanzar, una vez más, la posición vertical; lavarte y desodorizarte, prepararte el desayuno suficiente y ñam-ñam-¡zaas! (comerlo... ¡muy deprisaa!), vestirte y perfumarte y, fragante, sonriente, brillando como una moneda nueva ¡salir corrrriendo al taaaajo!
Y llegar a tiempo.
¡Bieeen!
***
La sensación de empezar el día tan aprisa –a mí me suele importar menos quitarme una hora de sueño para hacerlo todo tranquilamente, que tener que apresurarme entre tanta calma; aunque llevo un tiempo algo más somne-, la extrañeza de asearme y arreglarme sin dedicarle más minutos al estatismo (y la tranquilidad mental) bajo el chorro disperso e intenso de la ducha refrescante, la idea de un tiempo concreto empleado en estar presentable y preparado para lo que venga, pero sin ese espacio –que son minutos, por supuesto- para encontrar el cuerpo justo ¿dónde? donde y ¿cómo? como uno quiere; esa sensible sensación de estar haciendo lo correcto en el cuerpo de otro con la propia voluntad, eso me ha recordado a la sutil alegría de levantarse en el sillón tuercespaldas de una habitación de un hospital. En la cama está alguien a quien quiero mucho, que se acaba de despertar porque le han traído las pastillas de antes del desayuno, así que me despierto yo también, y me levanto por mí y por ella.
Estoy allí. Me aseo con la suficiente eficiencia como para ponerme en la nuca el sello de presentable, lo suficiente como para pasar sin lucir. Y me dedico a la compañía, al cariño. A diferenciar entre la obligación y lo irrenunciable. A saber qué es lo que quiero hacer, más que ninguna otra cosa en el mundo, en un momento concreto; ser yo entra las circunstancias.
Cuando llegue el desayuno acompañaré su café con leche y galletas envasadas en un paquete de cuatro con sorbitos de mi inseparable botella de agua de litro y medio.
Luego intentaré hacer más cómoda la cama, subiendo un poco el respaldo, ahuecando y mulliendo la almohada. Ella se va a dormir, y yo voy a dejarle a mano el mandito para llamar al enfermero, por si lo necesita. Y me voy a llevar el cuerpo de paseo –corto- hasta el mismo bar de los últimos días, donde desayunaré y alrededor del cual –alrededor de la manzana que contiene bar y hospital- daré un corto paseo siguiendo la luz y el calor del Sol. Vale.
Es sutil la alegría de hacer eso. Luego, pasada la hora de la comida, llegarán los otros, los que también la quieren tanto y van a pasar con ella la tarde, mientras tanto yo estaré aquí. Cuando estén ellos, yo podré ir andando a casa, disfrutar de ese paseo lleno de pensamientos; llegar y ducharme, demorarme y recrearme bajo el agua helada, ardiente, helada... prepararme la comida grande y completa del día a las seis y media de la tarde. Leer un rato, o ver media película y hablar mientras por teléfono, acercarme al centro, terminar algo pendiente y, cuando se acerquen las ocho, emprender el camino de regreso.
Días de sutil alegría. Y hoy la sinestesia.
La alegría de saber que estoy donde quiero, y que mi cuerpo extrañado a primera hora duerme –durmió- una noche más allí, cerca de un cuerpo (asaz) más extraño de sí mismo, tumbado y suturado hasta dentro de unos días. La alegría que no niega la pena, sino la ausencia de alegría –ese desánimo, esa displicencia voraz, “caca”- y que se compone de sueños sin sueño y días como ensoñaciones. Mucha repetición que no es redundancia; es decir: ninguna.
Y extrañas asociaciones que perviven y me llegan –como olas, claro; como el Sol o la luz del faro; como Lennon y McCartney simultáneos y sucesivos, y su eco acelerado; como un bocado perdido en el tiempo...- hoy.
Con música, iniciada la jornada laboral. Mientras (bien) cumplo con el trabajo.
Mientras leo las noticias.
Mientras estoy a punto de escribir y escribir...
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[Y:]
Me entero de que el plan para crear un Parque Nacional en la Sierra de Guadarrama se llama Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la Sierra de Guadarrama, o lo que es lo mismo PORN. Y entonces pienso que llevo demasiado tiempo sin leer otra novela de más de las explosivamente hilarantes de Tom Sharpe. Aunque vi la exposición de sus fotografías...
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Y me entero de que han encontrado en Teruel la tela de araña más antigua del mundo, perfección geométrica dentro de un trozo de ámbar.
Noticias como esta le reconfortan a uno.
No sé muy bien porqué –pero me alegro, sea por lo que sea- pero me quedo así...
:-)
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Y así/aquí sigo...
…
Tributo a A Day in the Life y a la música desencadenada y maravillosamente sobreproducida (al amanecer)…
Qué buen día hace... ¡siempre!
Ayer, trabajo y minipost.
Hoy, todo el esplendor de un montón de palabras así, todas seguidas.
Y la vida cotidiana. Y la vida cotidiana en tiempo de mundiales.
Y, y, y...
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Creo que la reiterada noticia de la gloriosa noche de fútbol ayer mutiló la creciente capacidad regenerativa de mis axones. Lo que, dicho mucho más sencillo, supone que me quedé bastante atontaillo de escuchar el resultado del partidillo en cuestión.
- ¡Al final ganamos 3-1!
- Sin duda lo hicimos...
Cosas como estas, rerrepetidas hasta la saciedad, dejanle a uno agilipollaceo total.
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Esto era yo.
Que tenía una amplia lista de temas volátiles -se han probado volátiles- para arrojar sobre el teclado, todo un batiburrillo sin demasiada cohesión, salvo -claro está- que yo te caiga bien y te apetezca leer lo que escribo.
Esto es que...
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Esta mañana, escuchando uno de los recomendabilísimos podcast de Elena Cabrera -Dancing Podcast, si lo buscas diréctamente en tu iTunes-, pensaba en el sentido, tono y tema o contenido que le daría yo a mi hipotético futuro como locutor podcastiano; ese futuro podcastible ¿hacia dónde se dirigiría? Y sobre todo ¿a quién dirigiría yo mis chispeantes idéas de buena mañana, las estrelladas y explosivas revoluciones de medianoche y los paisajes sonoros del entretanto?
Pues a tí, claro está; si es que la frase anterior no te ha producido espasmos y/o urticaria.
Es decir: sería yo hablando de mis cosillas, así, entre nosotros. Si te caígo bien, me escuchas; si te interesa lo que cuento, tengo más posibilidades de caerte bien. Si ninguna de las opciones anteriores es la correcta, mejor no seguir buscando una tercera opción, o vía, y pulsar directamente el botón de stop.
En fin, que en el primer podcast Dancing se ofrecían extractos de un coloquio sobre la película American Splendor -uno de mis inminentes alquileres deuvedísticos-, a cuyo protagonista real, Harvey Pekar, la propia Elena Cabrera había entrevistado recientemente.
Uno de los puntos de debate era si la película -que todos calificaban de buena-, no se vería lastrada comercialmente por ser un híbrido de cine (y lenguaje cinematográfico) y del comic original (y lenguaje... de historieta).
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Comoquiera que uno de esos temas bloqueados a base de goles de Fernando Torres y el reconcentrado de Raúl -y de su inacabable eco mediático e interpersonal-gimnástico-, no era sino el de mi floración primaveral (ya casi veraniega) en forma de crisantemo casero ojival que ve cine en casa -y por fotuna, acompañado; y muy bien :-)- y no puede reprimir abrir la bocaza :-D y opinar (como si alguien le hubiera dado vela en entierro alguno), me parece que una digna forma de recuperar parte de lo perdido es afirmando unas pocas notas que se me han ocurrido a base de ponerme gafas, apretar la ceja por su punto medio y tratar de centrarme en el movimiento del universo, que yo intuyo ondulante y (estos días) más bien acelerao, como un tiro de puntera total o, como me gusta llamarlo, chupinazo. Ejem.
Vamos allá...
1.- El tono de una historia, en cine, se obtiene fundamentalmente del ritmo de la película.
2.- Un ritmo lento no es un ritmo pausado. Un ritmo lento es demasiado lento y la acción se diluye en él, y los diálogos hacen ecos huecos, y la conversación con el espectador se entorpece. Y nos dormimos.
3.- Un final abierto es bueno cuando, en la mismo película, un final cerrado hubiese sido malo. Y viceversa.
4.- Yo no quiero ver la mejor película posible con determinados elementos. Yo quiero ver la película perfecta... ¡que cambien los elementos! Pero yo no quiero ser tan tonto de pedir peras al peral, así que me conformo con todas esas samaras que los perales suelen dar cuando fingen ser olmos, o bien...
5.- Me he liado en el punto cuatro. Así es como llego a lo mismo de antes. Este post puede muy bien ser calificado de infumable. Y sin embargo, puede hasta que tenga sus partidarios. Así es como llego a demostrar ¡¡nada!! Pero parece que me acerco un poco a la prueba de que cada cosa tiene su público, lo malo es cuando algo no lo encuentra ni por asomo.
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[¿Es qué nunca voy a terminar de escribir este post?]
Buena pregunta.
Ayer afirmaba que la escritura y publicación de este articulillo estaba siendo de lo más azarosa. Aventuraba una conspiración contra mí, como autor reputado, difusor infundido de ciencia infusa y propiedades medicinales (en infusión), y demás -todo eso que me caracteriza, vamos-; hoy sé que no es eso: debe de ser una maldición...
Así que decido retocar un poco el muy básico formato del texto. Añado imágenes. Me dispongo a darlo por cerrado -que no terminado; mañana lo leeré y podré (y deberé) preguntarme ¿pero, qué he hecho!-...
Cuando me vuelve a rondar lo del público al que se dirige.
Al público digiriente.
Y para que sea más digerible, digestivo, o -yo aún diría más- más que medianamente atractivo, muy interesante y atractivérrimo, añado como colofón una foto de dos piernas que muy bien escriben, presentan y regalan música y buenas ideas...
(...y mañana le escribo un commentario en su weblog a Elena Cabrera, que no sabe nada de esto; y le pregunto dónde le ingreso los royalties que le debo:-)
