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Terra
La Coctelera

Categoría: El viraje de Uli

(-:

Pues ya he vuelto.
[v. 2.0 y eso...]

:-)

Pues ya termino...

Londón se escribe con V (y se desdibuja en mi nuevo cuaderno) o De cómo los nervios nerviosos me hacen escribir tonterías (o sea, mantenerme en mi línea habitual)

Evidentemente, llevado al extremo, este pseudoargumento que voy a lanzar a continuación podría justificar lo injustificable. En este caso, un desperdicio total de los miles de materiales de dibujo, pintura y escritura que esperan, válidos de solemnidad ellos, no que algún desconocido talento despierte dentro de mí -los útiles citados son, sobre todo, eso... útiles utilitaristas, nada utópicos ni utopistas-, lo que esperan es que me venga el ímpetu definitivo -o sea, duradero- y me ponga a usarlos y no pare, y siga hasta acabarlos; porque los cuadernos aman la fatiga más que yo con mis carreritas.
Pero he de decir, no obstante, que seguir con un cuaderno no es lo mismo que empezar un cuaderno, y que a veces se necesita ese comienzo, empezar un cuaderno nuevo y servirse de él como talismán para luchar...
¡Contra las papelerías de Londres!
***
Londres...

***
Volvemos con las papelerías londinenses.
Que me han dicho que son más tremebundas que las sirenas y Circe juntas. En lo de enseñar el muslo y el rotrín, y dejar caer los párpados y los posits de colores, para engatusar al visitante -que, poco después, se ve fuera de la cueva encantada, encantado él con una bolsa llena de felicidad materializada en productos de escritorio, y que se sabrá con unos cuantos euros menos (¡¿y qué?!) en cuenta, que no son pauns, que los pauns parecen lliuros, pero cuestan más... como pasó con el euro dichoso y la más económica (y castiza) peseta, vamos-.
Así que he pensado que si me llevo mi cuaderno desde aquí, donde lo he conseguido a un precio más bien competitivo o, al menos (compita o no), más barato; si me llevo mi estupendo cuaderno y los útiles de escritura, podré conjurar (quizá) los encantos de la papelería que me salga al paso, garabateando su fachada y escribiendo al pie cuatro palabras.
O quizá no pueda.

El caso es que son escusas y lo que pasa es que necesitaba un cuaderno nuevo. ¿Por qué? Porque en realidad no lo necesitaba. Y así es: que, que, que; que quería estrenarlo, que me hacía feliz, que las ideas que tenía por la cabeza necesitaban cierto soporte -del que, uno puede pensar, no es más que el equivalente de otro... pero no: no todos valen-. No da igual.
No todos valen.
Este.
Sí.
Mi yo analógico. Papel.
Y tinta.
Y/o grafito.
*****
Así es como me preparo (baaastante ¡¡¡nervioso!!!) para lo de Londres.
¿Y lo de despues?
***
De momento Londres.
Y mi cuaderno.
Y :-)
*****
Atención: Como añadido al post, pido ayuda a los lectores concurrentes, especialmente a los que pudieren darme datos fiables sobre el tiempo y el clima, a la sazón, londinenses.
Es para confeccionar el equipaje: ¿qué echo a la maleta, este modelo tan veraniego y desigual?

O algo más nocturno y anarcoteatral...

Veintisiete de junio del dosmilcinco

Empecé.
Y seguí...

7:24 am., otros ensayos y etc...

Cuando tu trabajo está estructurado en dos turnos –de 8 a 15:30 horas; de 15:30 a 23- y tú ocupas el segundo, pero un día te toca cambiar, y sales por tanto a las once de la noche, y nueve horas después debes volver, a abrir el gimnasio y entrar a trabajar, entonces, hasta ese día siguiente, dispones de nueves horas en total para: concluir la jornada, echar la alarma, salir fuera del gimnasio y cerrar los cierres, andar hasta casa –esto es lo más corto de todo, si vives al lado-, subir para arriba, abrazar con los brazos a tu perrita, darle de cenar su cena, bajar otra vez abajo y sacarla a pasear de paseo, volver de vuelta, preparar tu cena y ñam-ñam (cenarla), flos-flos-flos (lavarte los dientes con el cepillo de...), abrir la cama para que deje de ser sofá y... desplomarte –el día fue lo suficientemente cansado como para haberte dejado caer en, al menos, tres ocasiones y media, sobre cualesquiera superficies horizontales que, a la sazón, cayesen cerca: faltó tu compañera, la agitación laboral era máxima, te hubieses desplomado y se hubiesen fundido tus plomos si no fuese porque... ¡hay que resistir! Uhmmm-uhjumm...-.
Volvamos: estabas en la cama. Te duermes. Con tanto sueño que te conviertes en un ser inmune al despertador, fijado indebidamente pronto; pero no eres del todo inmune, no: te despiertas, sí; pero con cuarenta minutos escasos para: levantarte hasta alcanzar, una vez más, la posición vertical; lavarte y desodorizarte, prepararte el desayuno suficiente y ñam-ñam-¡zaas! (comerlo... ¡muy deprisaa!), vestirte y perfumarte y, fragante, sonriente, brillando como una moneda nueva ¡salir corrrriendo al taaaajo!
Y llegar a tiempo.
¡Bieeen!
***

La sensación de empezar el día tan aprisa –a mí me suele importar menos quitarme una hora de sueño para hacerlo todo tranquilamente, que tener que apresurarme entre tanta calma; aunque llevo un tiempo algo más somne-, la extrañeza de asearme y arreglarme sin dedicarle más minutos al estatismo (y la tranquilidad mental) bajo el chorro disperso e intenso de la ducha refrescante, la idea de un tiempo concreto empleado en estar presentable y preparado para lo que venga, pero sin ese espacio –que son minutos, por supuesto- para encontrar el cuerpo justo ¿dónde? donde y ¿cómo? como uno quiere; esa sensible sensación de estar haciendo lo correcto en el cuerpo de otro con la propia voluntad, eso me ha recordado a la sutil alegría de levantarse en el sillón tuercespaldas de una habitación de un hospital. En la cama está alguien a quien quiero mucho, que se acaba de despertar porque le han traído las pastillas de antes del desayuno, así que me despierto yo también, y me levanto por mí y por ella.
Estoy allí. Me aseo con la suficiente eficiencia como para ponerme en la nuca el sello de presentable, lo suficiente como para pasar sin lucir. Y me dedico a la compañía, al cariño. A diferenciar entre la obligación y lo irrenunciable. A saber qué es lo que quiero hacer, más que ninguna otra cosa en el mundo, en un momento concreto; ser yo entra las circunstancias.
Cuando llegue el desayuno acompañaré su café con leche y galletas envasadas en un paquete de cuatro con sorbitos de mi inseparable botella de agua de litro y medio.
Luego intentaré hacer más cómoda la cama, subiendo un poco el respaldo, ahuecando y mulliendo la almohada. Ella se va a dormir, y yo voy a dejarle a mano el mandito para llamar al enfermero, por si lo necesita. Y me voy a llevar el cuerpo de paseo –corto- hasta el mismo bar de los últimos días, donde desayunaré y alrededor del cual –alrededor de la manzana que contiene bar y hospital- daré un corto paseo siguiendo la luz y el calor del Sol. Vale.
Es sutil la alegría de hacer eso. Luego, pasada la hora de la comida, llegarán los otros, los que también la quieren tanto y van a pasar con ella la tarde, mientras tanto yo estaré aquí. Cuando estén ellos, yo podré ir andando a casa, disfrutar de ese paseo lleno de pensamientos; llegar y ducharme, demorarme y recrearme bajo el agua helada, ardiente, helada... prepararme la comida grande y completa del día a las seis y media de la tarde. Leer un rato, o ver media película y hablar mientras por teléfono, acercarme al centro, terminar algo pendiente y, cuando se acerquen las ocho, emprender el camino de regreso.
Días de sutil alegría. Y hoy la sinestesia.
La alegría de saber que estoy donde quiero, y que mi cuerpo extrañado a primera hora duerme –durmió- una noche más allí, cerca de un cuerpo (asaz) más extraño de sí mismo, tumbado y suturado hasta dentro de unos días. La alegría que no niega la pena, sino la ausencia de alegría –ese desánimo, esa displicencia voraz, “caca”- y que se compone de sueños sin sueño y días como ensoñaciones. Mucha repetición que no es redundancia; es decir: ninguna.
Y extrañas asociaciones que perviven y me llegan –como olas, claro; como el Sol o la luz del faro; como Lennon y McCartney simultáneos y sucesivos, y su eco acelerado; como un bocado perdido en el tiempo...- hoy.
Con música, iniciada la jornada laboral. Mientras (bien) cumplo con el trabajo.

Mientras leo las noticias.
Mientras estoy a punto de escribir y escribir...
*****
[Y:]

Me entero de que el plan para crear un Parque Nacional en la Sierra de Guadarrama se llama Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la Sierra de Guadarrama, o lo que es lo mismo PORN. Y entonces pienso que llevo demasiado tiempo sin leer otra novela de más de las explosivamente hilarantes de Tom Sharpe. Aunque vi la exposición de sus fotografías...
***
Y me entero de que han encontrado en Teruel la tela de araña más antigua del mundo, perfección geométrica dentro de un trozo de ámbar.
Noticias como esta le reconfortan a uno.
No sé muy bien porqué –pero me alegro, sea por lo que sea- pero me quedo así...
:-)
*****
Y así/aquí sigo...

Tributo a A Day in the Life y a la música desencadenada y maravillosamente sobreproducida (al amanecer)…

Qué buen día hace... ¡siempre!

Hay una frase...

...que me gusta mucho:

Eso no es nada del otro jueves.

*****
También hay un tema que me interesa mucho:

***
Engelson destapa el tabú de los commentarios a/de la alcachofa. Antes tan numerosos; hoy se dejan caer con cuentagotas.
Lógico, pues la actividad commentarial es fundamentalmente recíproca. O no es.
Y aquí la flor no se ha dignado a florecer demasiado por ahí, ultimamente.
No obstante, y sintiendo estremecedoramente mucho el aspecto antisocible que semejante cambio en la manera de manifestarse alcachófica y azul pueda reflejar, no se trata de eso. No se trata de que me haya vuelto autosuficiente como decía aquel...
Se trata de un proceso.
Y de poco tiempo. De usos prioritarios del tiempo.
Pero bueno...
¡Si con tal de no commentar he respondido a un commentario con un post!
Abrase. Visto.
¡MuÁ!

500+1

¡Feliz feliz ¿no? cumpleaños...
...a !
...a yo!
:-)

Hasta Almuradiel...

...¡y más allá!
*****
Normalmente ya no escribo aquí los días festivos.
Pero hoy es para despedirme diciendo: ¡Bienvenida!
Y para recibirte con un ¡Hasta pronto!, cuando llegues a tu Graná.
*****
;-)