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Terra
La Coctelera

Categoría: Monólogos, logos monos. Y entrelasvistas...

Extraños días de inmovilidad y té verde

La canción...*

***
En el duermevela meniscal me he encontrado un paisaje extraño, como sacado de un cuadro de De Chirico, pero con los espacios vacíos en proceso de llenado, y lugar para estelas de luz brillante, para casas de fachada razonablemente parecida a las de mi barrio, o el vuestro. Supongo que todo era una representación alegórica -digo yo- e inmobiliaria -dicen las circunstancias hoy- de lo especulativo de la vida, desde una perspectiva ¿espectacular?
En fin, que la vida iba pasando, discurriendo en forma de fila organizada aleatoriamente -es decir, desordenada- de gente, que de izquierda a derecha iba haciendo sus cosas, bebiendo sus tazas de té, sudando todavía al salir del metro, comentando las cosas que comenta la gente mientras engrosa la masa de personas vivas que hace funcionar las cosas -que no funcionan solas- y me da juego a mí de vez en cuando -cuando juego solo- para este tipo de belenes.
En pleno agosto...
***
Capítulo dos: qué es eso que se ve por allí arriba. Y no, no es que hubiese capítulo uno antes. Sino que es sólo una forma de hablar -de hablarle a solas a las cosas que, sólamente hoy, no funcionan por sí solas; aunque otros días sí-.
Por arriba, en una paralela igual de angulosa que la recta populosa inferior, pero en misma dirección mas sentido contrario, circulaba a buen ritmo un rayo de vida destacado, una fluorescencia rojo sangre, la vida de alguien; la carrera de alguien.
Dicen que los paralíticos sueñan que corren y que vuelan y nunca se sueñan sin poder andar. Y digo que a mí me debería poder dar vergüenza inmediata escribir esto. Pero mejor escribirlo y reconocer que estoy un punto y medio más allá de ser un exagerado.
Y tres.
***
La línea que viene desde el horizonte y pasa, luminescente, por delante y por encima de la corriente vital constante, ordinaria, es la vida, o la carrera, de alguien con una importancia extraordinaria para uno, para mí, para la vida constante y vital, diaria, común y corriente, de alguien, de mí mismo agazapado en el sillón soñando que doy uno de mis largos y fundamentales -y fundacionales- paseos, mientras hago juegos de palabras, como esa flor, que cojea y escribe y hace filigranas consigo misma de referencia, y su entablillado ombligo.
Las línea roja, guesa, brillante, podría ser la vída de la que me alimento, la de muchos músicos -que podría poner de ejemplo-, la de muchos escritores, pintores, artistas que deberían servir de ejemplo. Decido tomar un ejemplo nada al azar, sino el primero que se me ha venido a los ojos tras abrirlos: Bill Watterson. Y no es un mal ejemplo, porque sabemos que, en teoría, su línea roja habría encontrado su punto final el 31 de dicimebre de 1995.

Cuando alguien se ha hecho especial para tu vida de esa manera, deseas que su línea creativa no se interrumpa. Yo, esta tarde, dormido y dolorido en el sillón de mi cuarto, me decía (y me lo decía solemnemente convencido) que no iba a permitir que en mi sueño tal dejase de componer, o cual no escribiese una línea más. Me negaba a que su línea llena de mi vida roja y brillante no siguiese alargándose siempre más al oeste, llenando el plausible páramo urbano de alegría de vivir.
Entonces abrí los ojos y vi Lo mejor de Calvin y Hobbes. Incluso cuando la obra ha quedado circunscrita a un tiempo y, precísamente, a un número de obras determinado, uno puede zambullirse en ella a encontrarle nuevos pliegues, repliegues, rincones, claros, compañía.
¿Y no será, un poco, como empezar a meterse en la vida del creador sobre la cual se monta y circula la delicada línea roja de nuestra exploración?
***
¿Funciona igual con la vida de los que (aún y aun... ¡y atún!) son más importantes para uno? Los que están vivos y los queremos, y los queremos cerca y viven cerca de aquí... pues...
No estoy seguro de eso. Veo mucho más claro el punto en el que la línea deslumbrante de la vida de uno de ellos se extinguiera, e incluso en sueños me resulta tan complicado negarlo o negarme a ello.
Pero en lugar de empezar a despedirse, mejor hazles saber que tú, te das cuenta...
*****
Y:

[*Me huierse gustado dejar que sonase la canción señalada al principio, vía Castpost, para quien quisiese escucharla mientras leía lo poco legible aquí. Pero el sistema ese ha fallado, así que ahí quedan una cuantas descargas de regalo de esa maraña-dolorderodilla, que compuso Robert Smith, para esta ocasión.]
*****
Aquí queda una línea para añadir algo
(...)

(-:

Pues ya he vuelto.
[v. 2.0 y eso...]

:-)

Pues ya termino...

Veintisiete de junio del dosmilcinco

Empecé.
Y seguí...

7:24 am., otros ensayos y etc...

Cuando tu trabajo está estructurado en dos turnos –de 8 a 15:30 horas; de 15:30 a 23- y tú ocupas el segundo, pero un día te toca cambiar, y sales por tanto a las once de la noche, y nueve horas después debes volver, a abrir el gimnasio y entrar a trabajar, entonces, hasta ese día siguiente, dispones de nueves horas en total para: concluir la jornada, echar la alarma, salir fuera del gimnasio y cerrar los cierres, andar hasta casa –esto es lo más corto de todo, si vives al lado-, subir para arriba, abrazar con los brazos a tu perrita, darle de cenar su cena, bajar otra vez abajo y sacarla a pasear de paseo, volver de vuelta, preparar tu cena y ñam-ñam (cenarla), flos-flos-flos (lavarte los dientes con el cepillo de...), abrir la cama para que deje de ser sofá y... desplomarte –el día fue lo suficientemente cansado como para haberte dejado caer en, al menos, tres ocasiones y media, sobre cualesquiera superficies horizontales que, a la sazón, cayesen cerca: faltó tu compañera, la agitación laboral era máxima, te hubieses desplomado y se hubiesen fundido tus plomos si no fuese porque... ¡hay que resistir! Uhmmm-uhjumm...-.
Volvamos: estabas en la cama. Te duermes. Con tanto sueño que te conviertes en un ser inmune al despertador, fijado indebidamente pronto; pero no eres del todo inmune, no: te despiertas, sí; pero con cuarenta minutos escasos para: levantarte hasta alcanzar, una vez más, la posición vertical; lavarte y desodorizarte, prepararte el desayuno suficiente y ñam-ñam-¡zaas! (comerlo... ¡muy deprisaa!), vestirte y perfumarte y, fragante, sonriente, brillando como una moneda nueva ¡salir corrrriendo al taaaajo!
Y llegar a tiempo.
¡Bieeen!
***

La sensación de empezar el día tan aprisa –a mí me suele importar menos quitarme una hora de sueño para hacerlo todo tranquilamente, que tener que apresurarme entre tanta calma; aunque llevo un tiempo algo más somne-, la extrañeza de asearme y arreglarme sin dedicarle más minutos al estatismo (y la tranquilidad mental) bajo el chorro disperso e intenso de la ducha refrescante, la idea de un tiempo concreto empleado en estar presentable y preparado para lo que venga, pero sin ese espacio –que son minutos, por supuesto- para encontrar el cuerpo justo ¿dónde? donde y ¿cómo? como uno quiere; esa sensible sensación de estar haciendo lo correcto en el cuerpo de otro con la propia voluntad, eso me ha recordado a la sutil alegría de levantarse en el sillón tuercespaldas de una habitación de un hospital. En la cama está alguien a quien quiero mucho, que se acaba de despertar porque le han traído las pastillas de antes del desayuno, así que me despierto yo también, y me levanto por mí y por ella.
Estoy allí. Me aseo con la suficiente eficiencia como para ponerme en la nuca el sello de presentable, lo suficiente como para pasar sin lucir. Y me dedico a la compañía, al cariño. A diferenciar entre la obligación y lo irrenunciable. A saber qué es lo que quiero hacer, más que ninguna otra cosa en el mundo, en un momento concreto; ser yo entra las circunstancias.
Cuando llegue el desayuno acompañaré su café con leche y galletas envasadas en un paquete de cuatro con sorbitos de mi inseparable botella de agua de litro y medio.
Luego intentaré hacer más cómoda la cama, subiendo un poco el respaldo, ahuecando y mulliendo la almohada. Ella se va a dormir, y yo voy a dejarle a mano el mandito para llamar al enfermero, por si lo necesita. Y me voy a llevar el cuerpo de paseo –corto- hasta el mismo bar de los últimos días, donde desayunaré y alrededor del cual –alrededor de la manzana que contiene bar y hospital- daré un corto paseo siguiendo la luz y el calor del Sol. Vale.
Es sutil la alegría de hacer eso. Luego, pasada la hora de la comida, llegarán los otros, los que también la quieren tanto y van a pasar con ella la tarde, mientras tanto yo estaré aquí. Cuando estén ellos, yo podré ir andando a casa, disfrutar de ese paseo lleno de pensamientos; llegar y ducharme, demorarme y recrearme bajo el agua helada, ardiente, helada... prepararme la comida grande y completa del día a las seis y media de la tarde. Leer un rato, o ver media película y hablar mientras por teléfono, acercarme al centro, terminar algo pendiente y, cuando se acerquen las ocho, emprender el camino de regreso.
Días de sutil alegría. Y hoy la sinestesia.
La alegría de saber que estoy donde quiero, y que mi cuerpo extrañado a primera hora duerme –durmió- una noche más allí, cerca de un cuerpo (asaz) más extraño de sí mismo, tumbado y suturado hasta dentro de unos días. La alegría que no niega la pena, sino la ausencia de alegría –ese desánimo, esa displicencia voraz, “caca”- y que se compone de sueños sin sueño y días como ensoñaciones. Mucha repetición que no es redundancia; es decir: ninguna.
Y extrañas asociaciones que perviven y me llegan –como olas, claro; como el Sol o la luz del faro; como Lennon y McCartney simultáneos y sucesivos, y su eco acelerado; como un bocado perdido en el tiempo...- hoy.
Con música, iniciada la jornada laboral. Mientras (bien) cumplo con el trabajo.

Mientras leo las noticias.
Mientras estoy a punto de escribir y escribir...
*****
[Y:]

Me entero de que el plan para crear un Parque Nacional en la Sierra de Guadarrama se llama Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la Sierra de Guadarrama, o lo que es lo mismo PORN. Y entonces pienso que llevo demasiado tiempo sin leer otra novela de más de las explosivamente hilarantes de Tom Sharpe. Aunque vi la exposición de sus fotografías...
***
Y me entero de que han encontrado en Teruel la tela de araña más antigua del mundo, perfección geométrica dentro de un trozo de ámbar.
Noticias como esta le reconfortan a uno.
No sé muy bien porqué –pero me alegro, sea por lo que sea- pero me quedo así...
:-)
*****
Y así/aquí sigo...

Tributo a A Day in the Life y a la música desencadenada y maravillosamente sobreproducida (al amanecer)…

Qué buen día hace... ¡siempre!

500+1

¡Feliz feliz ¿no? cumpleaños...
...a !
...a yo!
:-)

¡Plop!

He vuelto.
Es decir...
:-)

Un ocho tumbao

He seguido escribiendo a diario. Y pensando: gracias.
*****
¿Con qué tema debería volver?
Si es que debo volver...
*****
Me habéis dejado commentarios.
Gracias a todos.
*****
Quizá lo mejor sería publicar algo como si no hubiera pasado nada, ponerme serio y ensayar un distendido "Decíamos ayer..."
He estado urdiendo un cambio de aspecto. Un cambio de forma, un cambio de aspecto; y es que...

Yo soy fusiforme, y estallo contra el techo.

*****
Me he librado de la tensión de publicar a diario.
Gracias, gracias y gracias.
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Quizá lo mejor sería hacer una lista, como un antes y un despues, falsos; todo es mientras:
· Distracción
· Brog7
· Palabras encontradas
· La Hora del Lobo
· Infusión de Alcachofa
· Reflejo
O regalaros una canción.
*****
He paseado por el poblado vecindario.
Muchas gracias, a todos.
A cada uno.
Y a algunos, un poco más.
*****
¿Volvemos?
Mmmm...
Simplemente: seguimos.
A por más.
*****
Abro ventanas y puertas.
Ejemmm...
Como un nuevo sumario.
¿Número? Un ocho tumbao.
¿Código? Dos puntos; guión; se cierra paréntesis.
:-)