Pues ya he vuelto.
[v. 2.0 y eso...]
Categoría: Saborear
Pues ya termino...
Empecé.
Y seguí...
Cuando tu trabajo está estructurado en dos turnos –de 8 a 15:30 horas; de 15:30 a 23- y tú ocupas el segundo, pero un día te toca cambiar, y sales por tanto a las once de la noche, y nueve horas después debes volver, a abrir el gimnasio y entrar a trabajar, entonces, hasta ese día siguiente, dispones de nueves horas en total para: concluir la jornada, echar la alarma, salir fuera del gimnasio y cerrar los cierres, andar hasta casa –esto es lo más corto de todo, si vives al lado-, subir para arriba, abrazar con los brazos a tu perrita, darle de cenar su cena, bajar otra vez abajo y sacarla a pasear de paseo, volver de vuelta, preparar tu cena y ñam-ñam (cenarla), flos-flos-flos (lavarte los dientes con el cepillo de...), abrir la cama para que deje de ser sofá y... desplomarte –el día fue lo suficientemente cansado como para haberte dejado caer en, al menos, tres ocasiones y media, sobre cualesquiera superficies horizontales que, a la sazón, cayesen cerca: faltó tu compañera, la agitación laboral era máxima, te hubieses desplomado y se hubiesen fundido tus plomos si no fuese porque... ¡hay que resistir! Uhmmm-uhjumm...-.
Volvamos: estabas en la cama. Te duermes. Con tanto sueño que te conviertes en un ser inmune al despertador, fijado indebidamente pronto; pero no eres del todo inmune, no: te despiertas, sí; pero con cuarenta minutos escasos para: levantarte hasta alcanzar, una vez más, la posición vertical; lavarte y desodorizarte, prepararte el desayuno suficiente y ñam-ñam-¡zaas! (comerlo... ¡muy deprisaa!), vestirte y perfumarte y, fragante, sonriente, brillando como una moneda nueva ¡salir corrrriendo al taaaajo!
Y llegar a tiempo.
¡Bieeen!
***
La sensación de empezar el día tan aprisa –a mí me suele importar menos quitarme una hora de sueño para hacerlo todo tranquilamente, que tener que apresurarme entre tanta calma; aunque llevo un tiempo algo más somne-, la extrañeza de asearme y arreglarme sin dedicarle más minutos al estatismo (y la tranquilidad mental) bajo el chorro disperso e intenso de la ducha refrescante, la idea de un tiempo concreto empleado en estar presentable y preparado para lo que venga, pero sin ese espacio –que son minutos, por supuesto- para encontrar el cuerpo justo ¿dónde? donde y ¿cómo? como uno quiere; esa sensible sensación de estar haciendo lo correcto en el cuerpo de otro con la propia voluntad, eso me ha recordado a la sutil alegría de levantarse en el sillón tuercespaldas de una habitación de un hospital. En la cama está alguien a quien quiero mucho, que se acaba de despertar porque le han traído las pastillas de antes del desayuno, así que me despierto yo también, y me levanto por mí y por ella.
Estoy allí. Me aseo con la suficiente eficiencia como para ponerme en la nuca el sello de presentable, lo suficiente como para pasar sin lucir. Y me dedico a la compañía, al cariño. A diferenciar entre la obligación y lo irrenunciable. A saber qué es lo que quiero hacer, más que ninguna otra cosa en el mundo, en un momento concreto; ser yo entra las circunstancias.
Cuando llegue el desayuno acompañaré su café con leche y galletas envasadas en un paquete de cuatro con sorbitos de mi inseparable botella de agua de litro y medio.
Luego intentaré hacer más cómoda la cama, subiendo un poco el respaldo, ahuecando y mulliendo la almohada. Ella se va a dormir, y yo voy a dejarle a mano el mandito para llamar al enfermero, por si lo necesita. Y me voy a llevar el cuerpo de paseo –corto- hasta el mismo bar de los últimos días, donde desayunaré y alrededor del cual –alrededor de la manzana que contiene bar y hospital- daré un corto paseo siguiendo la luz y el calor del Sol. Vale.
Es sutil la alegría de hacer eso. Luego, pasada la hora de la comida, llegarán los otros, los que también la quieren tanto y van a pasar con ella la tarde, mientras tanto yo estaré aquí. Cuando estén ellos, yo podré ir andando a casa, disfrutar de ese paseo lleno de pensamientos; llegar y ducharme, demorarme y recrearme bajo el agua helada, ardiente, helada... prepararme la comida grande y completa del día a las seis y media de la tarde. Leer un rato, o ver media película y hablar mientras por teléfono, acercarme al centro, terminar algo pendiente y, cuando se acerquen las ocho, emprender el camino de regreso.
Días de sutil alegría. Y hoy la sinestesia.
La alegría de saber que estoy donde quiero, y que mi cuerpo extrañado a primera hora duerme –durmió- una noche más allí, cerca de un cuerpo (asaz) más extraño de sí mismo, tumbado y suturado hasta dentro de unos días. La alegría que no niega la pena, sino la ausencia de alegría –ese desánimo, esa displicencia voraz, “caca”- y que se compone de sueños sin sueño y días como ensoñaciones. Mucha repetición que no es redundancia; es decir: ninguna.
Y extrañas asociaciones que perviven y me llegan –como olas, claro; como el Sol o la luz del faro; como Lennon y McCartney simultáneos y sucesivos, y su eco acelerado; como un bocado perdido en el tiempo...- hoy.
Con música, iniciada la jornada laboral. Mientras (bien) cumplo con el trabajo.
Mientras leo las noticias.
Mientras estoy a punto de escribir y escribir...
*****
[Y:]
Me entero de que el plan para crear un Parque Nacional en la Sierra de Guadarrama se llama Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la Sierra de Guadarrama, o lo que es lo mismo PORN. Y entonces pienso que llevo demasiado tiempo sin leer otra novela de más de las explosivamente hilarantes de Tom Sharpe. Aunque vi la exposición de sus fotografías...
***
Y me entero de que han encontrado en Teruel la tela de araña más antigua del mundo, perfección geométrica dentro de un trozo de ámbar.
Noticias como esta le reconfortan a uno.
No sé muy bien porqué –pero me alegro, sea por lo que sea- pero me quedo así...
:-)
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Y así/aquí sigo...
…
Tributo a A Day in the Life y a la música desencadenada y maravillosamente sobreproducida (al amanecer)…
Qué buen día hace... ¡siempre!
Como no quisiera pasar por amargado, se me ha ocurrido contraponer al tema de este post -la imbecilidad, la idiotez, la idiotidad; impar cualidad...-, contraponer al tema la actitud (mía) del escritor; una actitud vital relajada.
Así que pido a todo aquel que lo lea que me imagine leyendo (casi) toda la mañana, tumbado bocabajo en la cama, haciéndole monerías de vez en cuando a la perrita alcachofera, Dinah, y dando un sorbito a la enorme taza de café con leche (entera) y muuuucho azucar. Mi desayuno, en su parte material parco, pero sustancioso en lo espiritual.
Luego, me gustaría ser pensado como un ser sano - aunque azul- que hace su serie de estiramientos de después mismo de levantarse -y antes de salir al mundo-. Que emplea su paseo matinal en ir a comprar unas zapatillas que valen lo que cuestan -100 €- porque mejoran la pisada, la posición de la espalda, liberan la presión del tobillo, recolocan los huesos del empeine, se ahorman con toda facilidad y me servirán para x carreras, siendo x un número alto y las carreras, todo lo largas y urbanas que se me antoje.
Un tipo contento y feliz que come en la mejor compañía, en un restaurante sencillo, verduras totalmente naturales y contentas de ser comidas. Las verduras, a veces, somos así.
Quisiera volver a incidir en lo de los estiramientos.
Es que, con los euros ahorrados en la compra zapatillera -me han rebajado el 10%, ¡por majo! Y por pagar en efectivo...- me he hecho con un aislante sencillito, como una manta de PVC, para extender sobre el suelo y -esquivando los cariñosos lametones de Dinhita- estirarme, estirarme, estirarme y... ¡estirarme! ¡Hasta el infinito y más allá! Menudas selecciones musicales me esperan, de entre el más relajante cancionero -anoche, por ejemplo, incluyeron Screamadelica y algo de Stone Roses; hoy, epi-cureismo, Desintegración -¡en vivo! Y en vídeo o, mejor dicho, devedé- de los nudos de mi cuello...
Ayayayayayyayayy!
Nunca doy consejos aquí, pero hoy sí -aunque de forma elíptica-: doy gracias a todos los que, antes de ahora, me dijeron que estirase (de verdad). Mejor tarde que nunca, pero ¡ójala os hubiese hecho caso!
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Y, una vez puestos en situación, paso a citar el Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce:
IDIOTA, adj. U.t.c.s.
Personaje que penetra en el dominio de la especulación intelectual y se difunde por los canales de la actividad moral. Es omífero, omnímodo, omnipotente, omnisciente. Es el que inventó el alfabeto, la imprenta, el ferrocarril, el vapor, el teléfono, y toda la extensión y el círculo de las ciencias. Creó el patriotismo y enseño a las naciones a hacer la guerra; es el fundador de la teología, la filosofía, la ley, la medicina y Chicago. Estableció los gobiernos republicanos y monárquicos. Vive de eternidad a eternidad, y todo lo que la creación abarcó es ahora territorio de sus idioteces. Cantó sobre las colinas primitivas en la alborada de los tiempos, y en el mediodía de la existencia encabezó la procesión de los seres. Su mano de abuela está cálidamente abrigada en el crepúsculo de la civilización, y en la penumbra prepara la comida nocturna del hombre, la moralina-con-leche, y tiende la cama del sepulcro universal. Y cuando todos los demás se hayan retirado para pasar la noche del olvido eterno, él todavía seguirá despierto, escribiendo la historia de la civilización humana.
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Por supuesto, hay otra entrada además, también para Idiota, que es una palabra tan poco polisémica como realmente -y de carne; y de hueso- homónima.
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Por raro que parezca, esto que dice Bierce me recuerda una canción de Astrud -quizá no en su abisal profundidad antropológica y misantrópica; mas sí en una vertiente lúdica y chinesca, ¡oh! O más bien, japonesiana, que a mí me da por encontrar-. Ved el vídeo (si queréis, of course) que tan ferpectamente lo representa:
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El Diccionario del Diablo, qué gran libro.
Volverá por aquí, volverá.
Siempre lo hace.
...
¡Chán-chán!
Bueno, y del paseante, y del escritor, y del tontotunante...
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El domingo pasado en el Fres.co de la calle Narvaez había una fuente de apetitosas envidias fresquitas y recién puestas a punto, cubiertas por una montañaza de salsa de Roquefort batido con nueces troceadosas...
...de la que comí, sin mesura; y que luego, al contar semejante diablura, causó que se pusiese verde de endivia cada ¿quién? que lo escuchaba.
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¡Envidias! Hummm...
¡Feliz feliz ¿no? cumpleaños...
...a tú!
...a yo!
:-)
¿Cómo se sabe si ese tipo tan majo que ha venido a verte al trabajo es en realidad quien dice ser?
Además, si está suplantando la personalidad de alguien, pues no ha elegido precísamente a cualquiera, sino a un bloggero de pro...
¡Claro! En cuanto se marche de aquí me lanzo sobre el teclado y -si los benditos servidores cocteleros me dejan- abro su página. Si da, en tiempo real, la primera pedalada alejándose y, segundos después, publica uno de sus maravillosos posts es que no puede ser él.
Tlac-tlac-tlac...
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Los buenos bloggeros tienen ideas constantemente.
Los buenos amigos tienen guardados abrazos por sorpresa para la mejor ocasión.
Pasaron las horas - su silencio durante ese tiempo era la firma que autentificaba su personalidad -¿doble?- en la WWW.
¿Y luego?: publicó...
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¿Qué une las dudas (inexistentes), los abrazos reales, las ideas efervescentes y el silencio (y las palabras)? Pues está claro.
¡¡¡EL CHOCOLAAATEEEE!!!
Ejem... y no hablo de una fina línea de delicioso y delicado fondant belga, no.
Hablo de chocolate en diversas formas simultáneas, hablo de algo muy serio. Y muy divertido.
Como las mejores sorpresas.
Gracias ;-)
