Estaba a punto de escribir sobre el viajecillo a Segovia de este fin de puente, sobre el sorprendente descubrimiento de que el ayuntamiento de la ilustre villa ha permitido la construcción de un McDonalds insito entre los tres arcos centrales de la arcada mayor de (¡síiiii!) el Acueducto, sobre la sorpresa aún mayor de que en el citado establecimiento se sirva McCochinillo, en cuyo envase se incluye un pequeño plato de loza para hacer las incisiones rituales y -desde luego, lo más sorprendentérrimo de todo- que el citado mejunje... ¡esté absolutamente decilioso!
Bueno, así queda resumido el viaje: os recomiendo ir, probar, repetir, volver y contarlo.
Dicho lo anterior puedo pasar al otro tema, al que se me ha cruzado por delante de la neurona en funcionamiento: Dan Brown.
Siendo Segovia como es ciudad vetusta, de calles y callejas de piedra, y albergando como lo hace, no lejos del Alcázar, el Museo de Brujería y Magia Negra, no es difícil averiguar la causa de la asociación de idéas: Segovia tiene su faz misteriosa, oculta; el señor Brown saca a cada misterio de 500 a 1000 páginas merced a su procesador de textos y enigmas y, a cada página, euros un millón. Qué talento el suyo.
Eso y un post de la recomendable web http://www.lacoctelera.com/vauganycia me han hecho recordar una anécdota en el vestuario de un gimansio...
No se trata de la protagonizada por un miembro de la curia matritense, un monitor de aerobic y un bote de gel de baño extracremoso con glicerina y aroma a zarzamora salvaje. No es este blog el espacio para tales desviaciones...
Lo que he recordado es una conversación entre dos socios de aquel gimnasio azul y amarillo que, si bien iban desnudos, guardaban entre ellos las distancias, al menos lo suficiente como para poder mirarse discrétamente y con un decente ángulo sus recíprocas partes más o menos pudendas. Aprovechaban la ocasión para recomendarse lecturas:
- Pués está claro que cuando tanta gente lo lee es que está bien.
- Algo tiene, está claro.
Hablaban de "El Código Da Vinci", del amigo Daniel, Dan.
- Es que esos son libros que te enseñan, que están bien escritos y que te cuentan algo.
- No como esos otros, que no dicen nada...
- Como el Ulises de John Joyce -sic; lease "llonllois"-, que lo he leído yo y no son más que tonterías...
Me resulta siempre entrañable ver como los seres humanos se transmiten e/o/y/e infunden sabiduría, mutuamente, solapadamente, manualmente... Aquellos dos individuos dieron el salto cualitativo de la arquetípica conversación intrascendente de vestuarios de gimnasio, sobre el calor o frío que hace fuera y lo bien que se está allí, aunque se suda, eso sí, sí, se suda, eh... Etcétera.
Saltaron del aun más intrascendente mutismo entre hombres desnudos que se miran con deseo o se admiran con denuedo, o se ignoran aunque no por ello dejan de tomar medidas, y compararlas.
Saltaron de todo eso hacia los luminosos caminos de la literatura, la sabiduría, la sapiencia, la ciencia, la gnosis, Dan Brown, el todo. Saltaron por encima del abismo. Pero cayeron. Lástima. Aunque así callaron.
Lástima que yo no agunte las gilipolleces y, en nombre de la Epifanía, tuviese que matarlos.
Sirva de aviso a navegantes y lectores de a pie y a pata.
Y llegados, queridos, a este punto, no puedo ocultar ya, no por más tiempo, la taimada relación entre Segovia y esa recreación del iniciado nigromante y alquimista -¡de la mierda al oro!- que es el mister Marrón. Sus libros son a la literatura lo que el McCochinillo a la gastronomía: te comes hasta las sobras y, al rato, al Sol, al ritmo de un paseo tranquilo, te entran ganas de vomitar; pero no puedes, queda al descubierto lo que había entra pan y pan, entre portada y contraportada, lo que ha quedado en tu estómago y/o cabeza: un poco de sésamo (¡aaabrete!), dos lonchas de pepinillo y... (aluego) nada.
Besos a todos sus fans (del payaso de las hamburguesas y del de los libros, claro).
-l'Alcachofa.

p.d.: Ahora que lo pienso, quizá los tipos que me cargué en el gimnasio aquel fuesen sub-iniciados en el culto a Joyce, y supiesen por ello y mediante el análisis de manuscritos hipersecretos que, el Ulises, no lo escribió James, sino que lo hizo su padre John, lo que al hijo usurpador (y desde luego, parricida) le dió tremendo complejo de culpa toda su vida, que somatizó en forma de un atroz estreñimiento que llegó a cerrarle, a cal y canto, primero el ojete, luego el ojo de la cara y, finalmente, la cartera, pués se lo hubo de gastar todo en interminables sesiones del sicoanálisis más inútil (lo cual es mucho decir) con Karl Jung. Que por cierto eran controladas al nanosegundo y desde la distancia, por supuesto, por el Vaticano y por el seminal "Seminario de estudios y cábalas para el alumbramiento de un tío superlisto que nos lo explique tó de tó y se forre asín de paso"; aunque eso es, más le vale, otra historia. Dejémos que sea Dan quien nos la cuente...