Cada vez que Katie Holmes (a.k.a "la del mohinentrañableterno de la serie mona y tópica, que va de serie mona y original, pero sólamente es más lenta que tantas otras") miraba una foto de Tom Cruise, allá por sus tiempos de tierna adolescente, sentía una fugaz pero intensa descarga de energía. Le quedaba una sensación de extraña voloptuosida, que se manifestaba en una sucesión de cosquillas electrificadas, atenuadas, por el cuello, la espalda y finalmente, dando la vuelta completa, en los pezones. Ella se los tocaba y retorcía, con cándido y puro deseo, pensando en la suerte que tenía, entonces, Mimi Rogers.
Desde entonces, cúantas cosas le han pasado a Katie, la dulce Katie que se empeña en negar que lo sea, en afirmar con decisión que a ella nada le importa que le digan "ambiciosa", porque lo es.
El amor ha obrado la maravilla: seguro que ha sido posible que entre ese par de tortolitos no sólo florezcan los sentimientos más bellos que se han televisado en mucho tiempo, sino que -incluso- la aun jovencérrima Holmes haya convencido a su marido-en-ciernes para que le haga más, mucho mucho más de lo que le hizo a la Rogers, ciencióloga de pro, y quizá tanto como le habrá hecho a Heber C. Jentzsch, o sea, cerca de lo que le hubiese hecho a L. Ronald Hubbard de haber tenido la oportunidad...
¿Qué es lo que harán? ¿Estudiarán El Libro? ¿Darán paseos a la luz de El Planeta? ¿Serán felices? ¡Joe, cuánto me preocupa, la verdá!
Así es que: continuará...