- Vale, yo soy un cabrón ¡pero él también lo es!
- No se trata de eso, sino de los porqués de tú cabronatura, de los porqués, los cómos, los cuándo y los siempres y, pasando por los siempres, llegar a los porquénos –pausa– está claro que él también es un cabrón, tan cabrón como tú, sólo que más simpático y/o cariñoso. ¿Y yo qué? Yo soy otro cabrón con pintas que parecen lunares, tengo peores tetas que las tuyas pero también más habilidad para hacer juegos de palabras y resolver crucigramas.
- Pues entonces no sé qué me estáis echando en cara...
- No te echamos nada en cara.
- Se acaba de meter contigo, no le quites hierro; te echamos en cara que seas un cabrón, igual puedes hacer tú con nosotros. Pero no por ello dejarás de serlo. Eres un cabronazo y te comportas como tal, no por decir de él que también lo es, que desde luego lo es, vas a dejar de serlo tú. Tú eres un cabrón, y cuando te juntas con él sois una pareja de cabrones. Si llego yo ya somos un trío de tres cabrones. Ella me parece que es la única que se libra. Pero bueno, si fuésemos capaces de encontrar otro gran cabrón tan cabrón como nosotros y convencerle, para que aguantara nuestras cabronadas y para que se uniera al grupo, constituiríamos un bonito e impagable poker de cabrones. Ya sabes, entonces sólo nos faltaría ir a por otro, el comodín.

Y el siguiente en hablar, baló.

[Dedicado... ¡a tanta gente!]