Me hablaba el otro día un amigo, visiblemente preocupado, del presidente de cierto país extranjero que con un notable poder económico y militar a su disposición, no ceja él en su pasión por el golf y la guerra. Sobre el tema bélico-religioso, se muestra el tipo firme partidario de la muerte redentora; siempre que sea estrictamente necesario. Claro que –según dice mi amigo- no le cuesta demasiado encontrar justificada esa estricta necesidad.
Parece que el tipo presidente es además un tipo ex-alcohólico, ex-drogadicto y un tipejo incompetente –esto último en presente continuo y constante-, un estúpido peligroso; todo ello le tiene a mi amigo muy muy muy muy preocupado.
Y no es al único al que le preocupa, pues han sido ya bastantes los que me han hablado de tema y muchos de ellos, por cierto, me han afeado mi voluntaria ignorancia en torno a la actualidad.
La situación descrita me hace intuir, por un lado, que el tipo y/o su país tienen verdaderamente gran importancia; por otro lado me lleva a darme cuenta de que lo último que vi en la tele fue el programa de despedida de Dabadabadá, con Torrebruno. Cierto es que dejé de verla por el intenso desencanto infantil que sentí, pero –esta es la última constatación ad-hoc- ahora me doy cuenta de que hice muy muy muy muy muy bien.
Volviendo a mi amigo, ante sus sudores fríos, alaridos espeluznantes y gargajos gasilíquidos, lo primero que quise hacer fue tranquilizarle. Como soy persona de convicciones religiosas –no me avergüenza el reconocerlo; como Joaquín Luqui, como la Bombi, como Torrebruno- le dije que mirase siempre el lado brillante de la vida (sic) y que el presidente ese, con tanto misil y explosión a su disposición, ha conseguido superar sus adicciones, ya no necesita licor, cocaina ni crakc, sólo guerra; y le conminé a recordar que, en el amor de Diós, el hijo pródigo siempre es al que se guarda la mejor bienvenida y que vale más la redención de un pecador que la muerte de mil inocentes.
A mi amigo –que no conoce más Escrituras que las de su loft-, no pareció convencerle la cosa. Así que traté de emplear la psicología inversa, demostrándole que podría ser mucho peor.
Imagínate –le dije- que es lo contrario, un tipo nacido en la capital -el presidente de la gran nación, me dice mi amigo que es más de campo y paleto que las amapolas y los pozos de petróleo- imagínate un urbanita que, llevado por su ambición de poder, se ve obligado a malacostumbrarse a la vida de provincias, donde es cabecilla de ratón. Además acaba casado con la más horrenda de sus compañeras de carrera, de buena familia sí, pero con la cara picada de viruelas, eso es lo primero que ve el lidercillo cada día al despertarse.
Y el lidercillo aguanta, va haciendo carrera y, contra todo pronóstico, sin que hubiese medio euro apostado por él, llega a ser presidente de un país. Lider. Aunque cierto que también de un país de provincias.
Así pasa el tiempo hasta que, solamente una vez, se le pone por delante la oportunidad que tanto tiempo ha esperado: puede apoyar al tipo ex-drogota del gran país. El minilider, deportista solitario, bajito, soberbio, feo, gris, bigotón, aburrido, vestido de marrón, se siente por fin el rey del mambo, puede plantarse de piés sobre una mesa en medio del Atlántico a la vez que manda unos pocos soldados como a la guerra, pero menos. Sólo un buen comienzo.
Sin embargo la cosa le sale mal y según se retiraba él del poder nacional de provincias para dar el gran salto, un asuntillo le estalla en los morros, algo verdaderamente jodido. En su país no le pueden ni ver. Fuera, sus grandes amigos dejan de serlo. Se la han cortado, la proyencción internacional.
¿Cómo conseguir ahora los subidones? La adrenalina...
¿Cómo conseguir soportar ver en los rasgos de su hija, cada día, los mismos que adornan el rostro de la cantante y principal musa de la facción provincionacional contraria? Y es sólo un ejemplo.
¿Cómo poder... con todo?
Sólo queda una solución: la coca.
Menos mal que el marido de esa hija desgraciada conoce, precisamente, a un capitoste del autoinmovilismo -por poner un ejemplo- que no sólo le pinta las rayas que lo rallan, sino que le da una hormona del crecimiento riquísima. Con lo que el tipo de provincias, el político defenestrado, se convierte en todo un mediometrosexual, o centimetrosexual más bien... Y ya se sabe, de eso a lo otro, hay un paso. Y todo ello incide, por supuesto, en que su alma esté perdida pa' los restos; eso sí que es malo, todo lo contrario que el tipo del país grande.
Parece que algo se había cortocircuitado dentro de mi amigo, a juzgar por la expresión de su cara. A la vez, parecía que mi historia le había interesado, pues me preguntó que pasaría después.
Lo que tenía que pasar -le dije- y es que todo buen fan de Village People sabe que el camino más corto a la homosexualidad a los cincuenta, dada una insistente relación con la homofobia antes, es haber llevado bigote desde los quince. En el caso de nuestro heroe caída, el camino se acorta mucho más, como ocurre siempre que la mujer de uno, no por llegar a ser concejala del ayuntamiento capitalino ha conseguido llevar bigote desde los quince también.
Turbio es el futuro de quien pasa por todo lo anterior y además, pongamos, se pone.