I - Marco espacio-temporal:
Cuando en mi infancia más inocente, antes del nacimiento de mi hermana y consiguiente descubrimiento de un ombligo distinto del mío, también capaz de centrar el mundo a su manera, mi madre se mostraba diariamente incapaz de confiar en que, si me dejaba home alone no fuese yo a comerme de nuevo las ortigas ultraurticantes que se guardaban como oro en paño –no en vano eran un vivo retrato de mi abuelo, fallecido en trágicas circunstancias, en la Guerra Verdulera que con tanta saña como poca misericordia dividió nuestro país al bies, como esas pirámides alimenticias que separan el pan de las verduras, por mucho que luego vengan a disimularlo atribuyendo a todos la misma importancia-... ¿eh, qué estaba diciendo yooo...?
Sí, me desvío, pero pido disculpas, pues son tantos y tan intensos los recuerdos.
Decía que en mi infancia era arrastrado de las hojas a cada lugar al que mi madre, la Berenjena Tornasolada, decidía ir. Apuntose en una de esas a las clases de yoga que se impartían en un piso enmoquetado de la calle Altamirano. Yo iba allí con el firme propósito, renovado cada vez, de demostrar que nada en aquella instalación era inífugo y que, todos los tipejos que allí se juntaban, con barbas largas y aceitosas, avivarían muy bien las llamas que, para bien o para mal, no conseguí encender nunca.
Entre correrías infantiles y sueños piromaniacos –prueba clara de la increíble madurez que he demostrado siempre- transcurrieron mis tardes allí durante un par de años, en los que tuve el honor de jugar a médicos con la hija de Moncho Alpuente –personaje popular entonces, quién sabe por qué razón; hoy archivado en los bajos del museo Arqueológico, sección no-no-fumadores-; como la niña era clavada a su padre, yo siempre elegía la especialidad de cirugía plástica, e intentaba arreglar aquello con la sola ayuda de un capuchón de boli y un soplete –al que nunca conseguí dar lumbre, lo que explica muchas cosas-. Además de codearme con ella y con el, a la sazón, director del Centro Metereológico Nacional, que supongo haría uso de los telescopios para buscar platillos voantes y demonios siderales, pude allí impregnarme del olor a limpísimo de miliún actores de mediopelo, de los que además saben y fijan y dan esplendor (en/a la yerba) por lo que quedé enamorado, ya sin remedio, de todo aquella muestra artística o culinaria –de cine, teatro, pop, mimo, toros, automivilismo y/o autoinmovilismo, es decir, mimo otra vez; etcétera- siempre que mereciese el añadido como un sufijo del gentilicio “español”.
De entre todos ellos hubo dos cuyo conocimiento fue para mí una catarsis: Chelo Vivares y su marido. Después de conocerlos ya pude dar mi infancia por perdida –creo que fue precisamente al día siguiente de enterarme de los personajes que representaban en la televisión española, ese día fue, sí, cuando decidí comenzar a dejarme crecer las venas para que, el día del corte, todo fuese mucho más sucio y espectacular; de momento...-, me imbuí de una devastadora desconfianza en los sueños y la fantasía y me acerqué por vez primera a la obra y al cuerpo (me gustaría decir que incorrupto) de Sören Kierkegaard.
Ella hacía de Espinete en Barrio Sésamo. Él era Chema, el panadero.
¿Alguien se da cuenta de la trascendencia de este hecho?
¡Chema le daba, le daba bien, a Espinete!
Mi única esperanza –retrospectiva claro- es que la dieta cutrevegana, que a buen seguro habrían iniciado, les mantuviera atados a la taza del lavabo y con menos fuerza que la de un tercio de suspiro, por lo que sus relaciones sexuales, tema "espinoso", tuviesen lugar sólo en mi atribulada y precoz imaginación.
Imaginadme entonces... ¡ O imaginaos a vosotros en mi piel –azul donde debería ser verde-! Destrozados.

II- Conozco a Don Pimpón:
Lo único que en aquellos días consoló mi descorazonado corazón (de alcachofa) fue conocer al mejor amigo de Espinete en su Barrio Sésamo. Lo único que me devolvió algo la magia perdida...
Y es que no me refiero a conocer al actor que iba dentro del disfraz de Don Pimpón –como ocurría con el puntiagudo protagonista y como también ocurría, en cierto modo, con su panadero amante-. Conocía a Don Pimpón. Don Pimpón era un hombre de verdad, quiero decir, de carne y hueso.
Su auténtico nombre, Alfonso Vallejo, deja muy a las claras su procedencia (o no): era el hijo español de un poetastro mejicano -hijo natural de una peruana tristemente viajera- que, con más pena que gloria, vino a España antes de que el camino habitual fuese, para artistas y librepensadores, el contrario. Serenísimo Vallejo Torrado, bohemio ultraísta de diecinueve años recién cumplidos, con una mata de pelo y una sola ceja, oriundo de la franja –entonces aun más ignota que hoy- que sirve de separación a los EEUU de Norteamérica del extremadamente polvoriento desierto de Méjico, llegado a España casi de milagro, conoció en Madrid a María Torcuata Oubiña Piñuel, costurera y serena protoripo, gallega, a la que dejó escrito un poema en que serena, sirena, María, Rosalía y también el propio nombre del autor, se entrecruzaban como palabras absurdamente inseparables, se entremezclaban en una delirante sucesión de ripios, asononcias, horrisonancias, eufemismos y polisemias cogidas por los cabellos, a consecuencia de todo lo cual (o por medio de ello) la dejó, asimismo, embarazada. De Serenísimo no hay noticia después de aquel poema y problema. Salvo la que se tuvo justo en el nacimiento, principiados los años treinta, de la criatura: el mejicano llevaba en su código genético la extraña herencia, algo menos extraña en su tierra de nacimiento, de algún hombre que fue también lobo (o viceversa). El niño, nacido el día de San Alfonso de las Escasas Plaquetas, nació lleno de pelo hirsuto, rizado, oscuro, fosco, desde el mismísimo borde de la uña del pie, hasta la última arruga de contrariedad que se le intuía en la frente; a partir de ahí y hasta el cogote, para mayor trastorno, el nene era un calvo perfecto, sin solo cabello, condición que, como el resto del vello, le iba a acompañar siempre.
Como lo de aquel neonato era un escándalo mayúsculo y como su madre se lió con un médico en el mismo paritorio –eran tiempos de República-, a la criatura la dieron en adopción a las Carmelitas Desnudas –la única orden aun más sacrificada que las Carmelitas Descalzas; aunque no fue por esa razón, precisamente, que su convento permaneció abierto (y lleno de agujeros y mirillas, de fuera hacia adentro) durante los años del más violento laicismo oficializado-.
Conviviendo con las monjas, mujeres hechas a todo y con un corazón de oro, el niño fue feliz y desarrollo una serie de hacendosas costumbres y una rotunda y piadosa homosexualidad. Observándole, las madres concluyeron en que la criatura -en el buen sentido, suponemos- quedaría expuesto a numerosos peligros, contradicciones sociales y ascos multitudinarios, de cara al día en que le tocase salir de aquel entorno seguro y casi idílico. Fue allí engordando, poco a poco y año tras año, a base de yemas tostadas, pastas de almendra pura y otras delicias. A los dieciséis años, cuando el niño era ya todo un hombrecito y además empezaba a poner a sus madres en una incómoda muy situación cada vez que un atisbo de erección asomaba en sus pantalones cortos, cada vez que se fijaba en el cuerpo del Ecce Homo que sufría en la cruz del refectorio, tan bien depiladito él. La madre superiora decidió que era hora de hacer algo con el jovencito. Así que le pusieron un sombrero de paja elaborado por la hermana Fuencisla, para taparle la calva al pobre –ese sombrero que ya no se quitaría nunca y que, con los años, llegó a ser capaz de mover como una parte más de su cuerpo-; le dieron al chavalote –ciento ocho kilos de carne grasa y pelo- un par de cajas de dulces tamaño familiar; y lo embarcaron rumbo a Irlanda, donde lo recibirían las Damas Negras, conocidas así por el color de la cerveza con que acompañaban sus rezos y abluciones.
Pero en el mismo viaje, Alfonso, que tomó conciencia de sí mismo y su situación, de un golpe en la cabeza a causa de una sacudida tremendamente violenta del barco, trazó un plan de huida que a la postre se demostró tremendamente eficaz. De hecho, las hermanas que fueron a recogerlo al puerto, Sor O’Rendall y Sor Iasis –que fueron elegidas para que el zagal se sintiese enseguida entre iguales- no hallaron rastro de él en todo el pasaje.
Recuerdo como me contaba, con lágrimas en los ojos, esta historia el que se convirtió en seguida en el más peludo amigo de mi clorofílica infancia. Me contaba la misma historia una y otra vez, pero yo no me cansaba, animado por el hecho de estar sobre las rodillas de uno de los personajes más queridos de la televisión de aquellos años -junto con Torrebruno, la Bombi, el amigo Felix y el dúo “Las Momias”, aquella inolvidable pareja cómica que formaron Tierno Galván y Santiago Carillo-. No me importaba siquiera notar aquella especie de bulto duro y caliente entre sus muslos, mientras él trataba de enjuagar las lágrimas que brotaban de sus ojos, mirando perdidos a la pared y al pasado.

III- El resto de su vida: De los “años perdidos” de Alfonso Vallejo, al que me permitiré llamar Don Pimpón ya siempre y de aquí en adelante, nadie supo nunca nada. Él no quiso contármelo entonces, supongo que por pudor y porque no se trataría precisamente de historias para acunar a un niño, ni aunque ese niño tenga la amarga sensibilidad de la alcachofa.
Tras años sin vernos, tras aquellas memorables tardes de mi infancia y de su madurez, volví a encontrarme con Don Pimpón una mañana de domingo, mirando libros en la Cuesta de Moyano. Hacía más de una década y media de los días en los que él me hablaba y yo, aunque no entendía todo lo que me decía, tomaba nota mental de todo. Su programa se había cancelado de pronto, para sustituirse por “Los Mundos de Yupi”, en la que a él le ofrecieron un ridículo papel para el que hubo de disfrazarse –no aceptaron que fuese a cara descubierta, con toda su pelambrera a la vista; un estúpido y ambivalente sentido de la corrección y el pudor estaba comenzando a invadir los medios-. Aquella experiencia terminó pronto, pero le sumió en una duradera sensación de fracaso y vergüenza.
Yo tenía ganas de escucharle, de volver a oír aquellas historias y de conocer otras nuevas, por lo que le propuse vernos la misma tarde en un café del centro. Él aceptó, pero a condición de cambiar el lugar: sería en un Bobs –cadena bastarda del Vips- donde pudiese disfrutar del anonimato y de cierta periferialidad. Aquella tarde la recuerdo de manera vívida y precisa. A la conversación, fluida, leve y profunda, llena de comicidad y de emotividad, se le une en el recuerdo la estampa de mi amigo Pimpón, justo enfrente de mí, más mayor y algo ajado, con la expresión de un melancólico y resignado fracaso vital en la cara, a la vez que con un brillo de inteligencia y experiencia en los ojos, contándome lo mismo de siempre pero con más matices –alguno de los cuales soy consciente de haberlos incorporados al recuerdo más antiguo, el infantil-. El hombre era mucho menos alto de cómo yo lo recordaba, pero igual de entrañable e interesante. Estuvimos hablando cerca de dos horas y luego le acompañé a la casa algo decadente, en la parte más modesta de la colonia del Viso, a la que había tenido que mudarse tras la demolición del Barrio Sésamo.
Después de entonces nos estuvimos viendo con asiduidad durante más de siete años, hasta fecha reciente en que, a la vuelta de un viaje a Bruselas, donde fui a visitar a unas Coles con las que coincidí en un master de Derecho Hortícola Comunitario, me dirigí a la casita de Don Pimpón y la encontré vacía. Estuve investigando durante más de dos meses, pero no conseguí hallar ninguna pista de su paradero.

IV - Cómo era él y cómo es su recuerdo:
Desde entonces he dado vueltas a los que supe de él cuando era yo una criatura, a lo que él me contó después y he tratado de averiguar alguna cosa más, lo que me ha supuesto una interesante y a veces dolorosa labor de investigación.
En el momento en que el joven Alfonso Vallejo desparece del barco que lo llevaba a Irlanda, está claro que inicia un periplo que lo lleva desde el puerto de Liverpool –primer destino del que queda registro-, hasta la tierra nata de su padre, donde es posible que llegara a conocerlo, pero sin revelar nunca su identidad. Después cruzó el continente y estuvo trabajando en la construcción de caminos y sendas transitables en Alaska, a cuyo clima inhumano el se adaptó, sin embargo, con suma facilidad.
La siguiente huella que se encuentra en los registro documentales a los que he podido acceder es la de su ingreso en el Hospital Francés de Saint Andreas, en Québec. Poco después –tan sólo dos meses- su nombre queda inscrito como tripulante de un vapor entre las islas de Japón.
Es de suponer que es allí donde aprende artes marciales y meditación, algo que practicó toda su vida. Y que de allí pasase a la India, donde sus pasos vuelven a perderse, esta vez por casi de diez años hasta que, mediados los sesenta, regresa a España y encuentra trabajo como archivero en la Biblioteca de la Universidad Central de Madrid. Allí, oculto de la luz y la vergüenza, prolonga sus jornadas laborales hasta volver a casa escondido de la vista de todos salvo de los serenos, personajes a los que coge un odio cerval, incluso inexplicable para él -que no llegó a conocer a su madre-. Es una época en la que lee, lee y lee, y termina de formar la personalidad encantadora y un punto melancólica que fue la que yo, desde el primer momento, conocí.
Es a finales de los setenta cuando un amigo políglota y funcionario en Radiotelevisión Española, que había trabajado como corrector de guiones de las primeras emisiones de la adaptación de Sesame Street, lo recomienda para incorporarse a la serie. Y sería con el nuevo plantel –con Espinete y Chema, efectivamente- con el que Alfonso Vallejo, más conocido como Don Pimpón, hace historia en la televisión y en la vida de los que fuimos niños en la España de aquellos años.
Su personaje no era tal en realidad. Alfonso, como Pimpón –y Pimpón, como Alfonso- era un hombre poco agraciado, amigo de contar historias, despistado, con tendencia al asombro y al rubor, que había sido un infatigable viajero y que –esto no se decía en la serie, pero sí se podía ver, mirando un poco más allá- había conocido el amor verdadero en sus viajes, en la esotérica libertad y viva ocultación de los vapores del extremo oriente y de los cruceros, posiblemente, entre la India y el Oriente Medio; lo había conocido y lo había perdido. Y se había mantenido entre una serena tristeza y una comedida alegría, consagrando su vida a la lectura reflexiva –abandonando las novelas, sintiendo los ensayos, olvidando la poesía, pensando y reviviendo las cartas atesoradas de su pasado-, amando el arte clásico con muy pocas salidas de tono a lo moderno, forzadas o por compromiso; y –sobre todo- Pimpón pasaba su vida queriendo a su vecinos y a sus amigos, que eran las mismas personas.
Eso era lo que veíamos los niños, por eso le queríamos.
Hoy haría dos meses que hubiésemos celebrado su septuagésimo cuarto cumpleaños. Pimpón era alguien entrañable. Y yo me preciaré siempre de haber sido su amigo, desde niño hasta que... despareció. Era hermoso bajo su peluda condición, más allá de su calva y de su cuerpo orondo. Era y es hermoso por dentro, tal como yo lo recuerdo.
Y sé que ha desaparecido, pero también que está en algún lugar. Y allí donde esté, espero que lleve con él sus recuerdos, sus amores y a mí.
Por eso le mando un cariñoso y eterno abrazo.
Bien... vale.
-La Alcachofa.

[Dedicado a Raúl Núñez, a Neil Young, a Falete, a HdeT y al Anónimo que no debo ni quiero evitar].