Por un fallo en la pantalla que mar el número de minutos que quedan hasta la llegada del próximo metro, en lugar de tener que esperar unos "03" minutos, lo normal, me tocó esta vez aguardar en el anden nada menos que "63" minutos. Porque los trenes, esa especie de monstruos ruidosos que recorren Madrid medio a oscuras son, más que dóciles, tremendamente obedientes, y si en la pantalla aparecen los puntitos rojos formando un seis donde debería ir un cero, ellos esperan lo que haga falta, para llegar a la hora señalada. Son cosas que, si quieres vivir en la gran ciudad -o que no se te note constantemente un origen campestre, como el mío- debes aprender a disfrutar.
Aunque una hora y tres minutos es mucho, demasado quizás, algo inquietante para cualquier otro sin mi paciencia, sin mis recursos mentales, esa pátina de sabia locura que me ha dejado tanta lectura de Cortazar y tanta vida bajo piel azul, y sin una mochila normalmente llena de entretenimientos.
Sólo que en esta ocasión me faltaba lectura -había terminado mi libro una veintena de pasos antes-, no contaba con un pensamiento en curso -una serie de reflexiones sobre la inflexión que un día con determinada presión atmosférica puede ser capaz de ejercer en un punto de la vida anónima de un pájaro; interesante...-, así que tocaba Mp3. Mientras lo escuchase cursaría pensamientos nuevos, decidí; y así hice.
La música empezó a sonar, y los pensamientos se fueron concretando en forma de críticas y en la forma de este post. Lógicamente, el presente párrafo es la parte a partir de la cual ambos confluyen.
Y es que ¿cómo no manifestar al mundo tal aluvión de parecidos? Escuchaba una suerte de recopilación de la música llamada indie, cuando me asaltó la impresión de que TODO (es decir, todo todo todo) lo que escuchaba tenía cierto génesis común:
- Coldplay, Speed of Sound: otredad y distanciamiento del mundo, heredados de Joy Division, por manos de U2.
- Kasabian, LSF: aquellas producciones, de ahogo y cierto hermafroditismo, de los Happy Mondays, que tenían la producción de Martin Hannet, iluminado y oscuro productor de Joy Division.
- Athlete, Half Light: más Joy Division, ¿no?
- Arcade Fire, Power Out: la sensación del año (una), llena de la tensión dramática, incluso trágica, y rítmica de... ¡Joy Division!
- The Bravery, o incluso My Diet Pill y The Decembrists, con la misma influencia, pasada por New Order.
Y para qué seguir: allí, esperando al metro estabamos mi reproductor de Mp3, Ian Curtis transfigurado y yo.
No sé si esa vuelta atrás es actualizadora, necesaria, falta de imaginación o qué; sé que el producto de la misma a mí me gusta, aunque su omnipresencia me inquieta...
¡No sé que pensar! Pero ya no me queda mucho tiempo para cursar nuevas ideas, contarlas, ... ¡que llega el metro, por fin!
Pues voy a cogerlo y ¡hasta la próxima!
[p.d.: Creo que a Keane no he conseguido sacarle parecido con Joy Division aún; aunque todo se andará, porque sí que se parece a Coldplay; aunque puede que no sea a la postre posible, porque también se parece a ¡Enrique Iglesias! Bueno ¡ya me callo! ¡Que la lengua se me va a quedar pillada cuando cierren las puertas! Besos...]