I.- Comienzo por este enlace, que lleva directamente al poema que Neruda le escribió a la alcachofa.
En parte ha sido Neruda, o su presencia en mi página, lo que me ha dado la idea de repasar los vínculos digitales que he ido acumulando. En el proyecto también ha pesado la cantidad de vínculos de esos que acumulo, el indudable valor de la mayoría de ellos -que quiero reconocer con una breve semblanza del autor, si es que no es demasiado huidizo como para dejarse retratar-, así como lo discutible que resulta que, una página tan reputada como la mía, los mantenga todos: puede conducir a confusión, a que los mejores permanezcan ocultos en ese semiproyecto de directorio masivo.
II.- Neruda ha prendido la chispa, ha sido por casualidad. Andaba por la calle y, sin detenerme, me he fijado en toda la morralla coleccionable con que un puesto de periódicos invadía la acera, hasta llegar a la ventana del segundo piso de la casa contigua -hecho este que un empleado de banca prejubilado estaba aprovechando para leer el "Lecturas", con expresión absorta y rascándose las canillas-. Del pandemonium me ha llamado la atención un libro gordo como su autor, el primer tomo de las obras completas o selectas, tanto da, de Pablo Neruda.
Entonces he pensado que a ese señor lo tengo enlazado en mi página alcachofera, a través de un enlace que, utilizando la genial frase de Borges, describe a la perfección el contenido de la página vinculada -un poema a la alcachofa, sí, ampuloso; un poema completamente equivocado, también- y a su autor: un gran mal poeta. De nuevo acertó de pleno el argentino.
Y en esas he pensado, ad abundantiam, que nunca le había dedicado una sóla línea a alguien que tanto lo merece. Quiero decir, que nunca había dedicado una línea a que mi querido público -que todo lo merece- tomase conocimiento de lo que yo sé de Neruda.
Alguna de las anécdotas más repulsivas de la historia de la humanidad -luego va una-. O su elegía postuma "Camarada Stalin", a la que se puede elogiar dejando su calificación en... ridícula: sólo atendiendo a lo literario; lo moral ya había quedado plasmado antes -por ejemplo, en "Canto de amor a Stalingrado" (con su correspondiente secuela) y así en versos siempre tan humanos como: Stalin alza, limpia, construye, fortifica / preserva, mira, protege, alimenta, / pero también castiga. / Y esto es cuanto quería deciros, camaradas: / hace falta el castigo. Méritos que hacen de su figura un mito enteramente coherente. Sólo es necesario leer "Confieso que he vivido" para darse cuenta de que un pobre hombre, con ese concepto de sí mismo, no sólo va a ser capaz de comer más que Phillipe Noiret (y hasta seguir viendose delgado y, sobre todo, austero), sino que va a poder dejar morir a cualquiera al lado suyo; ver como muere cualquiera, y nunca abandonar la idea de lo grande, de qué gigantesco destino le espera a la humanidad, y de que el cualquier muerto es sólo un cualquiera, y así con todos, uno a uno, menos con él claro, que es Neruda -y en esas estaba Neruda cuando se sientó, a reposar algún banquete, y a esperar que el cuerpo cualquiera enfrente se pudra: que así nutrirá una flor a a que él podrá escribir un deslumbrante poema-.

III.- Falta, efectivamente, cualquier atisbo de ambiguedad moral en "Confieso que he vivido"; Neruda es perfecto, y lo que hace y dice sólo puede provocar adhesión; todo lo demás es puro fingimiento.
No hay una anécdota que pueda llegar a ensombrecer verdaderamente, con cierto peligro, el formidable entusiasmo que el poetazo tenía por sí mismo.
No consta, por ejemplo, la famosa y triste comida entre Neruda y Cesar Vallejo, en la que el chileno emplazó al peruano a pagarse cada uno lo suyo porque era lo impar, poéticamente, mi querido amigo, nuestro único horizonte posible. Aducido esto y ante los recursos económicos y de popularidad de cada uno, se confeccíonó la comanda. Así que Vallejo, con su correspondiente menú de ayuno forzoso, tuvo la suerte de poder recrearse en la observación del estupendo apetito de su colega, un Pablo Neruda más zampabollos que nunca.
Y si hay un momento en aquella cita que nunca debería dejar de recordarse al evocar la inquieta -¿o inquietante?- biografía social del chileno, es cuando, con la boca llena aún de steak tartar, fue Neruda a coger la primera de las ostras, de la docena y media que había pedido como postre y dijo: ¡Apreciables y populares, estos moluscos! ¡Ofuscados en la conservación de su mínima vida unitaria! Resisten los jugos hasta no poder evitar lo seguro, su deglución, postrera pero inminente, en el ávido sepulcro estomacal -intercaló un eructo, y añadió- pero ¡lástima inmensa y enmendable, de su falta de grasa y dulzor!. Dicho lo cual añadió un generoso chorro de aceite y dos cucharadas soperas de azucar a la ostra que llevaba camino de su babeante bocaza; de igual manera fue haciendo con las siguientes y, con una diligencia y velocidad encomiable, dejó huellas de todo ello, salpicaduras floridas por todo el mantel. Todo lo cual no pudo dejar de provocar que el pobre Vallejo vomitase su estómago completo, es decir, su última comida: un cáfé con leche y vaso de agua, bebido (con suerte) dos o tres días antes, y el poema inacabado con cuya tinta y papel se había tenido que llenar aquella mañana.

y IV.- Así que este enlace está condenado. No lo quito hoy, que ando alegre y ligero, sino que me lo dejo para el día en que, haciendo acopio de lo que me gusta y deshaciendome de lo que me cabrea, tenga la necesidad de ir liberando peso.
Neruda, ahí te pudras. Y : ja, ja, ja, já.