Queridos lectores:
En el servicio de criptología de Alcachofazul, hemos conseguido descifrar el significado de una serie de caracteres sucesivos escritos con letra... como de planta.
Hablan de un viaje.
Hemos pensado que alguien habrá a quien le pueda interesar...
Así que, a continuación, con errores y todo, se lo ofrecemos.
*****
La primera vez que estuve en París fue algo increíble. Fue mi primer viaje solo.
Durante el cursillo intensivo de Francés, que tuvo lugar a lo largo de un julio caluroso en el que yo me sentía lleno de una formidable energía, una compañera de clase –que lo había sido también durante el curso regular- me dijo que, como el año que viene se iba a estudiar de Erasmus a París, ella y sus tres compañeras habían tenido que alquilar ya -a partir de agosto- el piso en el que iban a vivir.
Entre todos los alumnos de la clase había un agradable ambiente, y entre la mayoría de entre veinte y treinta años la sintonía era constante. De entre todos nosotros, Leugim, Netsrik y yo éramos los tres que mejor nos llevábamos con Etyam, la futura inquilina del piso en París. Y los tres, sin ser todavía amigos, tuvimos la idea de irnos juntos, aprovechando los vuelos que ofertaba durante aquellos días Halcón Viajes y que Netsrik tenía un descuento familiar en Air France. Le pagaríamos a Etyam un mes de alquiler, por partes proporcionales, y haría cada uno allí lo que le fuese mejor: Leugim buscar trabajo y piso, porque planeaba pasar un año viviendo en París; Netsrik buscar piso, pues también estudiaría allí su año de Erasmus; yo pasar una parte de mis vacaciones de verano haciendo lo que me diese la gana, siempre que no fuese muy caro de hacer. Así que mi compañero de viaje tenía un año en perspectiva, con un mes en aquel piso; mi compañera sólo se quedaría cinco días; yo tenía nueve días seguidos para conocer la ciudad.
Entonces ya éramos novios K. y yo. Ella iba a trabajar aquellos días en Madrid. Y tras mi regreso a mediados de agosto, a finales nos iríamos los dos a hacer un viaje de descanso a Sevilla, Cádiz y el Cabo de Trafalgar, a la Playa de los Caños.
Desde luego, ese fue un verano formidable.
En París algo cambió en mí. Era verdaderamente mi primer viaje solo; estaba con otras personas, pero lo único que nos vinculaba en principio era el espacio que compartiríamos y, en consecuencia, las relaciones de buena vecindad. Cumplidas éstas, podríamos haber pasado uno de cada uno de los otros, sin que por eso se hubiese resentido ningún afecto previo. Los vínculos en adelante, nos tocaría (o no) crearlos allí. Dependía de nosotros y lo hicimos. Podríamos haber sido sólo vecinos, pero decidimos ser amigos.
¿Qué ha resultado de todo aquello? Eso es otra historia, que tal vez quede escrita en otro lugar.
Ahora quiero salir a la calle: a París.
Por la ciudad hacía lo que se me antojaba: iba a dónde me quería, marcándome sólo un lugar de destino, un itinerario aproximado –casi siempre andando a cada sitio- y me lo saltaba todas las veces que me apeteciese. Por la mañana tomaba un gran desayuno de productos comprados en el ED (el Día, en versión francesa), cogía una botella de agua, algo de pan, un paquete de salchichas ahumadas, un poco de queso y lo echaba en la bolsa cruzada a la que tanto cariño cogí, junto con la cámara de fotos, el cuaderno y mi inseparable guía en miniatura y con mapas desplegables de la ciudad. Andaba y andaba, chorreando sudor –fue el agosto aquel en que los franceses caían como moscas, presa de la canicule, muertos sin aire acondicionado-; de aquella guisa me paraba a hablar con cualquiera, todos sufríamos los mismos rigores y entre iguales –en rodales- no existen los miramientos, sólo la conversación. Es maravilloso, las ganas de hablar que tienen las personas, las ganas de tener tiempo para hacerlo; es maravilloso cuando das en el clavo y aciertas con la forma de escucharles, no sólo les escuchas y les hablas, sino que sabes como hacer para que ellas lo noten y hablen y escuchen en reciprocidad.
Gasté ¿seis carretes? Donde me parecía que había una buena foto, si hacía falta me tiraba al suelo para hacerla. Tomaba notas a cada momento –aunque de aquellos apuntes escritos hoy aún no ha salido nada-.
Fueron nueve días así. Cuando llegaba la tarde ya llevaba seguramente más de seis, más de ocho o diez horas caminando. Entonces volvía a casa, según comenzaba a anochecer. Me cambiaba, salía a correr escuchando música; canciones que se me han quedado grabadas para siempre como asociadas al lugar, y que me permitían recorrerlo por encima de mis límites físicos. Era todo motivación. Perdí varios kilos. Pero no me desfondé.
Después de correr solía hacer una rápida tabla de ejercicios en casa. Me duchaba y cenábamos siempre los tres juntos. Luego –cuando ya hacía fresco- salíamos por ahí. Hasta la una, las dos o las tres. Sin que hubiese demasiado ambiente en los bares. Lo mejor era el paseo de ida y de vuelta a casa; nos lo pasábamos verdaderamente bien. Y creo que yo hubiese sido capaz, no de dormir cada noche de (aprox.) cuatro a siete de la mañana, sino de no dormir ni eso. Eran nueve días de cien horas cada uno. Sólo.
A lo largo de esa semana y pico visité el cementerio de Montparnasse, Montmatre, la Nouvelle Athènes, Pigalle, Barbés, llegué hasta la puerta norte de la ciudad, Clignacourt; bajé hasta Buttes-Chaumont, recorrí calle a calle La Villete y Belleville, Bastille y la parte de detrás de la nueva ópera; nosotros vivíamos en el centro, por Les Halles, y ese barrio lo he memorizado, desde Le Marais hasta la Concorde, la Madeleine, la increíble Place Vendôme, los Passages Couverts. Cerca, corrí por los Champs-Élysées y por los grandes bulevares. Una puesta de sol me encontró justo al otro lado del Arco del Triunfo –no había peligro de confusión, no creía estar en Moncloa ni en Madrid-. Sonó una canción en mi gualman, empezó justo cuando giré en la plaza de l’Étoile, a punto de emprender un largo regreso a casa: esa canción, que marcó el punto justo a partir del cual el viaje se divide en dos –y decir “el viaje” ¿no es decir “la vida”? En algún caso desde luego que sí-.
En la orilla izquierda, aparte de Motparnasse, estuve paseando por el Quartier Latin, paseando y corriendo por Saint Germain, llegué hasta la Porte d’Ivry, la Place d’Italy y todo el barrio de rascacielos que han poblado los chinos. Estuve en el Centro de Cultura Árabe, en la Mezquita y en el Jardin des Plantes, las Arénes de Lutéce y todas las calles que tan extrañamente se disponen en esa zona de la ciudad.
Fui una mañana andando hasta la Torre Eiffel. El paseo eran casi dos horas hasta la plaza de Trocadero. Allí había quedado con Netsrik, que hizo el trayecto cómodamente en metro -por lo que tardó, aproximadamente, una sexta parte que yo-. No es que todo lo que antes vi y caminé lo hiciese forzosamente a solas. Yo hacía mis planes, los exponía; si alguien se apuntaba, perfecto. Podía hacer una modificación de mi idea inicial, podía cambiarlo todo menos la decisión de seguir y seguir andando. Aquel mediodía estuvimos paseando por la zona de detrás de la Torre, vimos el Campo de Marte y Les Invalides (por fuera; los arbustos...) y nos sentamos a comer algo en el césped del parque cercano dedicado a Saint-Exupery, hasta que una cuidadora cargada de razón y malos modos nos echó. Hicimos planes para volver a ver la Torre de noche; volvimos y subimos sólo a la segunda planta, porque el ascensor pequeño -el que lleva arriba del todo- ya había cerrado. Era muy tarde. A la vuelta perdimos el último metro y tuvimos que esperar muchísimo tiempo hasta coger el “buho”; primero fue averiguar dónde paraba el autobús nocturno luego esperar a que llegara, una hora y media después. En las hojas grapadas en mi cabeza han quedado mil notas tomadas sobre la gente con que coincidimos en el inesperado viaje a través del fin de la noche. Netsrik fue dormida hasta Chatellet, allí se despertó; nos quedaba media hora andando a casa, porque en París cualquier distancia es... mínimo media hora. Así que llegamos a casa pasadas las tres. Hablamos un buen buen rato antes de dormir y, de alguna manera, ese fin de viaje para ella –volvía a Madrid a la mañana siguiente- fue el principio de nuestra amistad, innegociable, para los dos.
Fui con ella al aeropuerto. En el tren de vuelta a París desde el Charles de Gaulle, yo notaba el peso de todas y cada una de las horas que había dejado de dormir hasta ese momento. Pero quizá los quince minutos de cabezadas en el vagón pudieron sustituirlas eficazmente, porque al bajar en Les Halles y ver que estaba lloviendo, una energía renovada me inundó, me hizó sentir ligero. Y aquel día, con menos de dos horas de sueño, urdí y realicé mi plan de apropiación de París, de la ciudad; la marqué con mis recuerdos, recogí los mojones que había ido dejando; fue el día que llegué a la puerta sur, el que me metí de lleno en eso de visitar “lo que el turista nunca va a visitar”; recogí mojones y archivé hitos, sí: ya no eran necesarios; porque no sólo llevaba a París en mi corazón. Ella me llevaba a mí en el suyo.
El resto de los días aumentó el número de horas que pasé con Leugim, aunque él solía pasar largos ratos tumbado en el sillón destartalado sin hacer nada, y en aquello yo no iba a poder acompañarle. Descubrimos sin embargo que no sólo nos llevábamos bien en grupo sino, igualmente, dos a dos.
De aquellos días recuerdo la noche corriendo por Saint Germain, Montparnasse y pasando alrededor del Jardín de Luxemburgo –quizá lo que más me gustó de todo París aquella vez-, con Bowie, Bjork y The Postal Service dejándome huellas indelebles, maravillosas.
A mitad de la carrera, en aquella última noche en mi primer París, otra canción me dio la vuelta de dentro hacia fuera. Estaba al pie de Notre Damme -que no me había gustado demasiado hasta entonces- y en ese momento pensé en LA VIDA. Y traje sus muchas caras junto a mí; las traje adentro de mí. No soy demasiado visual, pero en aquella sensación -además de movimiento y música- se acomodó al ritmo de la canción y al tacto del viento, necesariamente repetitivo, imprescindiblemente fresco, una sucesión de imágenes que, como latido, fue surgiendo. Y yo me fui sumergiendo. Y entre ellas apareció -y se quedó ya hasta al final- una: la que se quedó latiendo.
Media hora más tarde estaba entrando en casa. Aquella noche dimos Leugim y yo nuestro último paseo juntos, al lado del Sena.
A la mañana siguiente estuve llamando a K. desde la terraza del Samaritaine, tan alta y desde la que se ve la silueta de la ciudad, para despedirme de ella y para que K. pudiese despedirse también. Para que pudiésemos sellar un plan: venir juntos. Hablamos cuarenta minutos. Cuando colgué, tenía ya el tiempo muy justo para bajar a la calle, comprar un croissant viajero, volver al piso, despedirme de Leugim y coger el transporte hasta el aeropuerto. Llegué muy apresurado al avión, casi lo pierdo.
Pero antes, cuando estaba mirando en silencio la ciudad, justo antes de darme media vuelta y emprender -¡ahora sí!- el regreso, desde aquella terraza con increíbles vistas, dejé caer un pensamiento; en vuelo suave, hasta la calle. No sabía nada de aquel pensamiento: lo identificaría, lo recogería y sabría que quería decir en otra ocasión. ¿Cuándo? Me esperaría allí. Sería en mi segundo viaje a París.
Mi segundo viaje a París, ese regreso. Bueno, está escrito, también.
En otra parte lo cuento.
"Tomaba notas a cada momento –aunque de aquellos apuntes escritos hoy aún no ha salido nada-."
No me digas que no ha salido nada, todo lo que eres hoy y tu forma de mirar nació en esas notas. Eres un SOL.
C'est pas Paris. C'est toi.
En plus, c'est à toi. C'est à la tienne.
La Samaritaine c'est fermée.
Tout est fini.
Paris, c'est sure, c'etait à Paris.
Me muero de envidia, he estado dos veces en París, pero lamentablemente de paso...así que lo único que conozco es lo que pude ver en dos trayectos, por toda la ciudad, en taxi...he estado, pero no la conozco. Tu potss me abre el apetito viajero...pero París tendrá que esperar.
niña: muchas gracias.
inevitable: ha cerrado, por trabajos de seguridad -dice su web-, pero volverá a abrir. Espero.
escaparatista: viajera como eres, no lo serás del todo hasta que, al menos, ese viaje en taxi por París lo hagas, íntegro, caminando. Un viaje, dos viajes; dos paseos -por tanto- y no te querrás ir.
Dear Alcachofazul
En primer lugar, explicar mi tardanza en comentar un post de estas características. Mi teclado inalámbrico casero se ha quedado sin pilas. Así que la única opción habría sido, copiar con el ratón y el portapapeles, letra a letra, e ir juntando el texto uniendo palabras. Trabajo titánico al que me niego.
En segundo lugar y siendo delicado: ¡que cabrón!. Si alguna vez hubieras escrito un churro (a los que yo soy tan aficionado), este post te redimiría y disculparía por siempre. Me lo he leído en casa (¿dos veces?), ahora mismo -en el trabajo-, lo he pasado a papel y aquí estoy como si estuviera inmerso en el estudio de un importante documento laboral.
La escapa.ratista dice se muere de envidia, pues yo dos veces para no ser menos. Una por la manera con que lo has escrito, y otra por como has aprovechado el tiempo. Cuanto más lo pienso menos se con cual de las dos quedarme. Los recorridos -con o sin rumbo fijo-, las conversaciones, la compañía, la falta de sueño, las carreras, los paseos…hasta la falta de sueño para aprovechar al máximo.
No voy a seguir porque no he dormido demasiado esta noche, estoy un poco empanado y con cara zombi. Te dejo con la idea principal de este comentario: tú si que sabes.
Y sobre todo si tenemos en cuenta que a los 14-16 años tenía un elegante nivel de francés, hoy prácticamente olvidado.
engelson: te prometo que me he sonrojado, y ya es difícil conseguir eso en un ser vegetal, azul donde debería ser verde y con un ánimo tan entero como el mío -nada que ver con esas alcachofas de lata, o incluso de bote, que parecen ser todo corazón y... ¡es lo que son! Alcachofas demediadas-. Se me ocurre que un comentario como tú te mereces, en tu blog (que se merece, asimismo y expurgo de enlaces mediante, ser encumbrado como principal en mi lista de amigos por los que bebo los cocteles), sería una parte del justo pago. Otra sería hacer efectivo el ofrecimiento que, por otras vías, hoy reiteraré.
Un abrazo escrito.
Mea culpa, acorazado vegetal; ahora mismo te envío, por ese método tan traicionero y poco fiable, los datos solicitados.
... Siguiendo la afamada trayectoria de bloggero viajero que me precede desde el exitosérrimo "1er viaje a París" -confirmada, más modestamente, con el "
alcachofazul
20 oct 2005 - 11:06 AM
...post/2005/10/06/calideascopio-cuarta-parte-">CaliDEAscopio (cuarta parte); 2) 1er viaje a París; 3) Escribe un comentario
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