Querido publico lector:
Mientras deshago el lío que me he formado, con el soporte anaógico en el que he ido registrando los votos emitidos, y lo paso de nuevo a digital -lo cambios de formato es lo que tienen, que se nos resisten a las tekno-verduras-, aprovecho para ofrecerles el primer capítulo de un serial comenzado hace años y que hoy anda aún por el segundo capítulo (y sin capítulo piloto).
Creo que será muy del agrado de buena parte de la parroquia alcachofil, o bien del completo disgusto de la unanimidad, por versar fundamentalmente sobre el amenísimo payaso Theo Angelopoulus, amen de sobre Madrid como ciudad-containes y sobre demás personas que he ido conociendo a lo largo de mi vida y a lo ancho de la de mi cuñado, Francisca.
He pensado, si lo publico aquí, igual me animo y sigo con ello a ratos muertos -muerte cerebral, escritura segura en ese estilo-. Y si alguien se anima, que me de ideas.
Atentamente y agradeciendo la atención inmerecida,
-El A(l)utor.
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Primero
LA PUERTA DEL ALMA ABIERTA
Una bola vergonzosamente amarilla de helado de vainilla surcaba el café, navegaba entre una bruma de espuma de leche, entre las orillas de la taza. Las orillas eran redondeadas, formaban un círculo de loza, y la bola de helado nunca llegaría a ninguna parte. Vaya. Más abajo, un par de cucharones repletos de azúcar se iban disolviendo en el líquido, negro, anaranjado: café, sí, pero también un generoso chorro de Amaretto. Más arriba, sentado en su silla, un director, premiado en Cannes, premiado en el festival europeo de casquería, y en otros seudos festivales, siempre con nocturnidad, alevosía, reincidencia. El director, que jugaba a ser Dios, dirigía con su cucharilla los destinos de aquel pequeño mundo –bola, taza, cafeína, licor-, sin dar cabida a la piedad, sin lugar alguno a sentimentalismos, pero con la mirada lúcida y los ojos abiertos como ojos muy abiertos.
Dos horas antes, aprox., Theo Angelopoulus disfrutaba de su pasión secreta: hacer karaoke con las canciones de pulp. Aquello requería un tiempo, una preparación, un devoto respeto por Jarvis Cocker. El procedimiento, nada sencillo –y establecido por escrito, y tatuado a fuego (sic) en su espalda de él, del griego o greco- era el siguiente:
1- Theo Angelopoulus –al que, de ahora en adelante y para abreviar, llamaremos siempre Theo Angelopoulus- atestaba su salón, enmoquetado en color rojo, con las figuras de cartón de sus ancestros en poses dinámicas e hiper-dinámicas.
2- Theo Angelopoulus se acercaba al espejo y, visiblemente turbado, no podía disimular su turbación. ¿Por qué? Porque allí veía el reflejo de lo que siempre más había odiado y temido: la conciencia de ser el cineasta más notable de cuantos existirían en el Universo y sus suburbios, pero encerrado en la imagen inequívoca de una niña de quince años aficionada a coleccionar coleópteros capciosos y captar catapultas en cuaresma. Y aquello era mucho más de lo que podía soportar con el estómago vacío.
3- A continuación, Theo Angelopoulus se preparaba un inmenso bocadillo de tocino al Mar Adriático, del cual sólo mordisqueaba una esquina, o quizás equina, para dar con el resto en el fondo del infierno de la vida del hombre contemporáneo, vestido de malva.
4- Ya menos hambriento, Theo Angelopoulus se podía concentrar en sacar el DVD de “Karaoke – Indie Pop Songs (Vol. IV) en el que se incluía la versión de Disco 2000. Este era el paso que, sin duda, más extrañamente dificultoso le resultaba. Pero, finalmente, solía llevarlo a buen puerto.
5- Theo Angelopoulus –al que, en adelante y desde ahora, llamaremos, a fin de ser más breves, Angelopoulus, Theo- se vestía de terciopelo negro, tratando de disimular sus incipientes pechos de adolescente, se peinaba el inexistente bigote con raya medianera, salía el Sol, caminaba hasta su barco, al pie de los acantilados, filmaba trece minutos de un plano estático en torno a unas cosas cualesquiera, mordisqueaba de nuevo el bocata, rescatado de las fauces del corcel a cuyo galope la alegría escapa del quehacer cotidiano, se rascaba con la mano y, posteriormente, se rascaba la frente y, sólo entonces, estaba preparado.
6- Angelopoulus, Theo, daba al play del video-DVD, este se ponía en marcha, él apretaba el botón “6” del mando a distancia, y el corte número seis empezaba a reproducirse. Tanto se reproducía que en la casa madrileña del afamado director había ya ciento once números seis, lo cual no dejaba de ser una invitación al pecado e, incluso, al pescado. Lubina.
7- Theo Angelopoulus cantaba y cantaba, hasta perder la voz y recuperar las ganas de vivir y volver a buscar el amor verdadero, pues era ella todavía muy joven como para renunciar a tanto y tan pronto, se decía mientras acariciaba su virginal sexo, con timidez, con recato. El rubor alumbraba sus mejillas y el vapor cocía sus mejillones. Un cuarto de hora después, Angelopoulus, Theo, solía haber olvidado todo lo referente al karaoke e incluso a sí mismo, y se sentía feliz mientras por fin hacía una comida decente, mientras degustaba una buena fuente de aquellos moluscos y ojeaba los diez microcosmos de las uñas de sus piés, la información del sortheo angelopulus del niño y la niña con sabor a piña.
8- Dos horas después, Theo Angelopoulus solía estar en algún bar, jugueteando con una bebida alcohólica lo suficientemente débil como para no hacerle olvidar que mañana era día de colada.
En esas estaba Theo Angelopoulus, cucharilla en mano e impacientándose por saber cuántos minutos más tardaría en fundirse por completo el helado en su café y, en todo caso, qué total de minutos se habrían hecho necesarios para alcanzar el mismo resultado en un clima más frío; pongamos, por ejemplo, el de Amberes. Pero aquello no era Amberes, ni mucho menos. Era Madrid.
Situemos, antes de avanzar más, esta historia en una marco histórico preciso. Era la noche del día de San Macario, de San Abercio, de San Rufino, de San Justo, de San Teófilo, de San Cereal, de San Púpulo, de San Cayo, y de San Serapión, todos ellos mártires; también de San Proterio, que, además de mártir, fue patriarca; también día de San Barso y de San Ovaldo, los obispos; del abad San Román; de San Basilio, que fue un monje que jamaba jamón; y, por supuesto, era día de San Hilario, el papa Hilario, el del Concilio de Éfeso. Seguramente era esta efeméride la que, muy presente en la mente del camarero que había servido el café a Theo Angelopoulus, había llevado a aquel a añadirle un cucharón extra de azucar blanquilla, refinada de remolacha, en lugar de orinar en la taza, como acostumbraba.
Se trataba, por añadidura, de un año santo Xacobeo, y bisiesto. El Calendario Zaragozano había señalado que el mes de febrero comenzaría cálido y terminaría frío, lo cual debía de ser tenido en cuenta para las cosechas; una vez más, el Calendario Zaragozano había dado en el clavo. Aunque sería ocioso añadir otros datos del mismo, como los referentes a las ferias de ganado, o la cita literaria o de buen saber popular de aquel día. Lo que sí es necesario, para concretar definitivamente el momento en el que mantenemos relativamente estático al genial cineasta greco, y podernos lanzar a la más apasionante aventura –como la sóla presencia de Angelopoulus nos garantiza-, es que, en ese mismo momento, en el preciso instante en que Theo Angelopoulus iniciaba el tercer giro de muñeca, movimiento que se transmitía directamente a la cucharilla, a la que imprimía una cadencia circular ciertamente uniforme, que acertaba a formar un remolino en el café, en el que se iba ahogando, sumergiéndose, lo poquísimo que restaba por derretirse de la bola de helado, en ese lapso, apenas unas décimas de segundo, justo entonces, doce millones, trescientas catorce mil, doscientas cuarenta y cuatro personas (y un gorila enrolado a bordo de un barco y en un programa de estimulación de la inteligencia para fines nada prácticos) terminaban de leer “Esperando a Godot", libro que termina con la frase que, es fama, dice así... ¡Pero mejor, búsquenla ustedes!
A la noche siguiente darían los oscar de Hollywood, pero eso no nos interesa en absoluto ahora, porque esta historia no llega tan lejos, sino que comienza y termina la misma noche del veintiocho al veintinueve de febrero. El reloj de Theo Angelopoulus, que había abandonado su sentido de movimiento habitual, para comenzar a seguir sus manecillas los círculos cafeteros de la cucharilla divina, de derecha a izquierda, el reloj de pulsera decía <
El camarero, alarmado por los alaridos, se apresuró a acercarse a la mesa de Angelopoulus, al que llamaba desenvueltamente Theo, dada la familiaridad que habían logrado, uno al formular su pedido, <
-¿Desea algo más el señor?
-Me gustaría que esa mundo fuese, quizá, aun menos justo, pero sin duda más bello.
-Bien, veré lo que puedo hacer, pero la cocina ya está cerrada.
-¿Tan pronto? Bueno, da igual; total, ya me he acostumbrado a vivir sin raíces, sin esperanza.
-Pero escuche, amigo, siempre puedo añadirle un chorrito más de licor en su café, no le voy a cobrar más por ello, y verá como todo parece más agradable después.
-Me averguenzo de lo que le he dicho hace un momento.
-No se propcupe...
-¿Y usted, que desea? Todos tenemos deseos, pero a ustedes, los de su profesión, diríase hasta “los de su raza”, nadie les pregunta nunca. Pero yo, que doy voz a los desheredados, voz en silencio, a usted le pregunto ¿qué desea usted? Pero, no me conteste, calle... –dijo Angelopoulus, que se estaba oliendo que de aquella conversación podía estar brotando el germen de su próxima tortura, digo película- ¡Usted siempre ha querido saber bailar bien! ¡Lo leo en sus ojos! ¡Haré un plano secuencia, doce horas ininterrumpidas siguiendo sus ojos, incluso aun cuando estén cerrados! ¡Bravo! ¡Rabo! ¡Rabissimo!
-Mire, lo que le dije del alcohol extra, lo retiro –le contestó el camarero, antes de marcharse casi corriendo hacia un destino incierto, o hacia la cocina, a meter la cabeza en el horno.
A Theo Angelopoulus todo aquello le pareció más que suficiente, dio un trago ínfimo a su bebida, se colocó su hurón en la cabeza, con un grácil gesto ejecutado en tres tiempos, de un segundo trago, sin miramientos, terminó de beberse su café, al que tantos mimos había dispensado antes (si bien con cierto cariz paternalista), se puso en pie, sintió que un número de ocho cifras le venía a la cabeza, como por azar, sin que se le pudiese sacar significado alguno. Eso al menos pensó él, pese a que el número, señaladamente expresivo, era el doce millones, trescientos catorce mil, doscientos cuarenta y tres. Alguien había muerto, en un ataque de risa, ejecutado en el silencio.
El director de horas y horas de retraje, ahora, no tenía un momento que perder. Dejó unos dracmas sobre la mesa –pese a que bien sabía él que no era moneda de curso legal- y salió a escape de aquel lugar, antes de que llegase la policía y se llevase a la clientela al completo al campo de excursión. Angelopoulus no soportaba los fuegos de campamento, y otro más, ese mismo año, le haría vomitar hasta las entrañas. Además, aquella noche tenía una misión. La naturaleza de esta era bien incierta. Ni él mismo la conocía. Pensó en ello.
Tras algo más de una hora paseando entre la gente que lo miraban, sin llegar a reconocerlo, pero con la sensación de estar ante un genio, o quizá ante la prima Patricia, la que nos enamora a todos a sus quince años –Theo Angelopoulus no sabía aprovechar esta gran baza, quizá lo mejor con lo que contaba, a la hora de conseguir cosas como una cosa, o quizas otra cosa distinta, o así-, tras tanto paso hacia ninguna parte, Theo Angelopoulus Angelopoulus, Theo, se detuvo un momento, se intento rascar la cabeza, pero no lo consiguió hasta que, percatado de que llebaba un hurón encima –algo que le había pasado totalmente desapercibido hasta ese momento, desde que él mismo procedió a encasquetárselo por el culo de la pobre criatura- se sacó el bicho, lo despellejó y, mientras mandaba hacer bolsos y bolsillos de él, se pudo dedicar a pensar con cierta soltura y claridad, por primera vez desde que el principal sector de actividad de España es el terciario o de servicios.
Ese fue el instante en que Theo Angelopoulus alcanzó a comprenderlo todo o casi todo. Hubiese sido, de hecho, un buen momento para pedirle dinero o sugerirle que se duchase, pero no pudo ser así; su rostro se tornó impenetrable e inamovible. Echo otra vez a andar entre la multitud, apretando los dientes y acelerando ahora el paso. Caminaba con una idea fija y muy clara en su mente. Pensaba que podía perderse entre toda aquella gente que, un sábado por la noche, empezaba a salir de casa, sin otra idea que la de pasarlo bien. Sin preocupaciones ni intereses más allá, y con el sueldo recién cobrado en el bolsillo, o apunto de caer, de ser ingresado en el banco. Así las cosas, nadie se preocupará de mí, hoy tengo vía libre, pensó Angelopoulus. <>. <
Sin embargo, se equivocaba. Alguien lo buscaba, y lo buscaría hasta desfallecer y no poder más –lo cual era poco probale, tampoco era tan difícil de encontrar-, por todas partes, aunque en aquel momento aun permanecía sentado, lejos de allí. Aun le quedaba un cuarto de hora para fichar la salida de su circo de pulgas. Pero ya estaba él maquinando su próximo movimiento. Sería siempre en busca de Theo Angelopoulus. Aquel tipo era un tipo duro.
Se llamaba Pesare Cavese.
Y daba la cacería por empezada.
¡Qué acojone!

interesante
Permítame una sonrisa alegre al leer este texto. Y un comentario: solo no es nada. Una opera aperta... al campo. Quizá necesite cerrarse, y ahí está el reto. Un comienzo lento y brillante necesita un final rápido y explosivo...
Veo que Theo es un gran tipo, yo me pregunto si en vez de llevar un hurón en la cabeza no llevaría un gorro de mapache estilo Daniel Boone, mira que estos detalles pueden llevar a confusión.
Yo, personalmente, para darme un barniz intelectual; la verdad te digo que he comprobado en el google lo que me temía desde que leí ese nombre en tu "sobre mi": existe. Más me temo que el citado Theo no contempla en sus pelis uno de los detalles que yo más agradezco: una o varias explosiones.
¿merece la pena ver algo de él?
¿hay explosiones en sus peliculas, o en su defecto sale algún robot?
Te ruego, Al, que me contestes y no me dejes con la duda, tengo el emule presto si se da el caso.
lo leo una vez ...
son muchas ímágenes, olores, y todo lo correspondiente a los cinco sentidos. me saturo.
lo leo por segunda vez y pienso... que cara pondrá el dueño del videoclub cuando le pregunte por un tal angelopoulus. (sonrio)
que cara me pondrá mi emule cuando le haga la misma pregunta?
te contaré.
supongo que será más claro cuando consiga matar la curiosidad.
Sr.Engelson ¿se apunta al cine club?
niña azul: por supuesto que me apunto, si l'Alcachofa da su VºBº, me trago la peli aunque no haya explosiones (ni robots).
!Ni se os ocurra ver una de ese tío: es un narcótico soberbio¡
Bueno, pero seguro que no es adictivo.
Eso es seguro. Salvo para él mismo.
Y para una mente degenerada como la del mendazul, que no cree haber terminado de ver una sola película de Theo, lo cual no impide -au contraire...- que el griego haya pasado a formar parte, en lugar destacado, del Bestiario de la Alcachofa.
Tú dale a "La mirada de Ulises" -quizá la obra más amena- y verás. ¡Binbénders, un cascabel comparado con este!
"El cine está hecho para despertar las conciencias; entretenerlas es dormirlas"
¿Alguien es capaz de averiguar el autor de esta cita en menos de... dos planos de media hora del señor T.A.?
PD No, no es Rastapopulos, el malo de Tintín...
¡Win Wenders: el Tarantino alemán!