La tienda cerraba a las ocho y media, aunque no pocas veces el cierre bajaba pasadas las diez. Hay ciudades en las que a las diez es de noche cada día del año, sin excepción.
Ezra Pound escribió dos poemas preciosos. En uno declaraba escribir todo aquello para sólo cuatro personas. Y se compadecía del mundo, pobre, que no conocía a esas cuatro personas.
El otro poema precioso de Pound estaba tallado, con una caligrafía más que aceptable, en un tablón bajo el mostrador de la tienda. La tienda estaba en una de esas ciudades. Las horas pasaban allí de manera extraña.
Es cierto que con mercancías como aquellas, sobre el mostrador y en los estantes, el ritmo de venta suele ser de lo más imprevisible, pero aquel día en concreto –cuando se desarrolla esta historia; un día como podía ser cualquier otro- había sido de locos. El Dependiente estaba bastante alterado de tanto trasiego, aunque no parecía haber perdido la sonrisa por ello, sino por otra razón completamente distinta.
En las ciudades en las que el cielo resiste tan poco a oscurecerse, normalmente las calles se desaniman al tiempo, y se hace de noche en ellas también con mucha facilidad. Mucha gente, en esas circunstancias, pierde la alegría.
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El Dependiente, en cambio, parecía ser conocido por una suerte de eterna sonrisa entera que, sin embargo, no lo hacía parecer tonto, o no tanto. Un poco loco o tontiloco, o locuelo, o tontito sí, pero no tonto en el sentido tan serio que se utiliza en países como aquellos, los del Sol poco caliente, la moral muy liberal, la ética muy consistente y el Sol –otra vez el Sol, o su ausencia- tímido.
Lo mejor de esos países es que puedes encontrarte un poema de Ezra Pound –además, uno de los mejores- tallado bajo el mostrador de cualquier tienda. El ánimo de la gente, con tanta luz eléctrica por tan pocas horas de luz natural, suele ser algo más gris y decaído pero, por lo demás, sus problemas son más o menos como los del resto del mundo.
- Creo que estás pasando la crisis de los cuarenta...
- ¿Cómo?
- No, te estaba tomando el pelo. Es la de los veinticinco, veintiséis –decía ella sin perder la sonrisa-, te lo aseguro, yo ya he pasado por dos de esas.
- ¿Has tenido veintiesos años dos veces, o has pasado la misma crisis dos veces en años consecutivos?
- Ni lo uno ni lo otro: he pasado esas crisis desde el otro lado –se fijó: su nariz habría sido uno de los mayores hitos si hubiese tenido la oportunidad de llevarla a exhibir a alguna de esas ferias mundiales que se hacían antes, cuando el mundo era más feliz-, las he sufrido.
Eso es lo que había dicho ella, su nariz respingona no había dejado de acompañar su sonrisa, no. Él escuchaba fijándose más en eso que en la conversación; no obstante, contestó:
- Pero no creo que sea lo que me pasa a mí...
- Bueno, bueno. Ya...
- Ya: ya se verá.
Aunque a él le gustaba cumplir años; algo que –en principio- no sólo no le disgustaba, sino que le resultaba agradable. O quizá no agradable. Sino inevitable.
Como le pasaba con las chicas: hablaba con ellas y no podía evitar imaginar, dibujar líneas, tomar notas, dormir con los ojos abiertos y soñar con la boca cerrada, despertar en las nubes y dedicar un minuto entero –de sesenta segundos- a recopilar los ecos de las palabras de ellas –una ella cada vez- tal y como circulaban, alegres y confusos, por las alturas. No podía evitar pensar en si ella, aquella que tenía enfrente, era de las que tienen alas o antenas.
- A mí no me disgusta cumplir años –dijo-, es más ¡creo que me gusta! Es bonito saber que has vivido más.
- ¿Más que quién?
- No sé, tú más que yo. Pero yo más que yo antes.
- Sí, claro, eso tiene toda la lógica, una lógica aplastante.
- De hecho, yo he vivido más que yo ayer –dijo, mientras se agachaba a buscar la barra que debía colocar en la puerta de la cámara, para que la mercancía no padeciese un exceso de humedad por la noche y apareciese a la mañana siguiente toda acatarrada y, por lo tanto, invendible; algunos días habían tenido que darla toda a mitad de precio- lo que pasa es que me conservo, y no se me nota.
Aprovechó además aquel movimiento para echar un vistazo rápido y releer el poema de Pound que allí abajo había tallado alguien, hacía años, claro –antes de que él trabajara allí- impresionado por su perfecta belleza, quién sabe tras leerlo en qué libro u oírlo de qué labios enamorados.
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El poema de Pound...
Dos párrafos, siete versos.
Por alguna extraña situación mental, que llevaba padeciendo y disfrutando desde hacía algún tiempo, el Dependiente relacionaba aquel poema –que no era amoroso- con alguien enamorado. Era su decisión cultivar un carácter que abundaba en posiciones tan involuntarias como aquella. Y, en poesía, de igual manera que no era capaz de concederle un mínimo de crédito al poeta de lírica amorosa, cuando afirmaba estar enamorado -y ¡vaya! No se le ocurría un lugar mejor para declararlo íntimamente que un poema, de los que luego se leían en los juegos florales que celebraban, cada primavera, en la ciudad vecina; por cierto, lugar con casi media hora más de sol diaria-; de igual manera, encontraba el amor en los versos más comedidos, más meditados.
- Perdóname, tengo que ir un momento adentro. ¿Me esperas aquí? –la miró con alegría, con distancia, con tristeza y con afecto- Enseguida vuelvo.
- Bueno –sonrió ella- ya estoy acostumbrada a ser la última en salir de la tienda.
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El poema de Pound, el poema de Pound...
Debería hacerle sentir tranquilo, pero por alguna razón no podía dar un paso más hacia el interior de la tienda, sin que lo estrangulasen unas tremendas ganas de salir y seguir escuchando, y seguir buscando alrededor de ella, y seguir hablando para disimular, también; ahora que sabía...
Que se había dado cuenta de que ella no era una de esas que tienen alas. Bravo, bien pensado: las “aladas” –si bien resultan por principio clara y evidentemente interesantes- suelen pecar de exceso de altura o “elevación”, una característica desagradable cuando se hace de noche, tanto para conversar afuera como bajo techo. Mal.
Ella no era de esas. Bien. Pensó él que, en realidad, no lo había dudado nunca, ni por un momento.
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Antes de volver al mostrador, una vez pasada revista al interior de la tienda –al interior verdaderamente interior, trastienda oscura donde los clientes nunca entraban, pues hubiesen visto e intuido cosas que, a buen seguro, habrían perjudicado mucho las irregulares pero habitualmente rentables ventas de la tienda; el Dependiente, ni propietario ni heredero, hacía las veces de fiero (y tierno) guardián de todo ello-, antes de dar por bueno aquel orden, por lo menos hasta el día siguiente, él se vio obligado a cerrar los ojos un momento. Y pensar en un lugar que estaba muy lejos.
La voz de ella le despabiló:
- ¿Te queda mucho! –sonó entre un signo de interrogación y otro de exclamación.
- ¡No, ya voy? –sonó exactamente igual, pero del justo al contrario.
Mientras volvía a través de aquel pasadizo extraño, que de ida era un simple pasillo que se recorría en dos pasos y de -regreso al mostrador- parecía convertirse en un inabarcable, casi infinito, larguísimo túnel subterráneo, el Dependiente iba recordando.
Aquel día, no hacía mucho ni poco. Cuando, sobre las ocho y treinta y dos, sólo en la tienda (y noche cerrada afuera) estaba terminando de embalar un vacío de los que usaba como base a sus productos, algo volátil, cuando se le desequilibró la caja, se le cayó al suelo desde poca altura y, del lado que sujetaba él, saltaron dos astillas. Una voló en círculos concéntricos, hasta clavársele en el dedo índice, justo en la yema. La otra se perdió para siempre.
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La melancolía es un sentimiento inevitable, para muchas personas y muchas formas de ser.
Él muchas veces cerraba la tienda y enseguida llegaba a casa. Y se ponía a escribir. A veces echaba el cierre y tomaba la dirección de su casa, pero decidía –o algo decidía por él- pasar de largo y continuar; pasaba uno hora, dos horas, seis, en que lo único que hacía era andar.
A veces, antes de escribir, ponía una canción que sonaba y resonaba, seguramente se oía más allá del cartel que daba la bienvenida a aquella ciudad silenciosa –en un sentido de la carretera; en el otro decía “Hasta pronto” y agradecía la visita-. Tras los espasmos que deben esperarse de alguien como el Dependiente, con los que se deshacía de la melancolía, se lanzaba sobre las teclas y comenzada el “clic, clic, clak”. No le gustaba a él recrearse en la tristeza ni en la melancolía.
Cuando la canción sonaba en medio de un texto –clic, clac, silencio, canción, clic, clac, clic, clak- solía ocurrir el milagro: a partir de un párrafo todo parecía tener más luz.
Lo que más le gustaba de la tienda era la gente que pasaba por allí. Y, de entre toda la gente, ella. Lo que menos le gustaba era cuando le tocaba cerrar solo. Entonces se acordaba de ella, se agachaba a leer el poema de Pound, hacía sus tareas con diligencia pero sin prisa, volvía a agacharse a leerlo, se daba cuenta de que no le había hecho falta leerlo ni la primera vez. Se lo sabía de memoria. Pero para no repetirlo sin más, sino entenderlo, le hacía falta ponerle cara a aquellas palabras. Como nunca había visto una foto de Ezra Pound –podría decirse que lo había evitado tenazmente durante años- solía ponerla la cara de ella. Aunque el poema se podía referir a muchas otras personas. O quizá no a muchas, pero sí a algunas otras aparte de ella.
El otro poema de Pound que le gustaba mucho, el de las cuatro personas, más breve aún, solía expresar muy bien, no para quien él sonreía –muchas personas, seguro, a lo largo del día- sino para quien él era feliz. Cuatro personas. O algunas más. Pero no muchas más que cuatro.
- Para quién escribo, escribo estas palabras... –se había dicho, como una pregunta.
- Para quien bailo, para poder escribir con alegría estas cuatro palabras, cuatro –se había contestado sin mucho sentido, en otra ocasión.
*****
La noche seguía haciéndose más y más noche. Él ya había dejado todo en perfecto orden.
El Dependiente había empleado los últimos veinte minutos en dejar el mostrador de la tienda y los estantes más a mano tal y como quería encontrarlos al día siguiente. Con rápidas pero no apresuradas operaciones, movimientos precisos y una sonrisa permanente. Había vuelto de la trastienda con una sonrisa. La Clienta, ella, había llevado el peso de la conversación durante ese rato –ayudándose, claro, de su nariz; y de su sonrisa, también-. Habían seguido hablando de la crisis de los veintipico, a él le parecía que habían apuntado a un nivel más profundo del que luego habían alcanzado. Pero eso no le disgustaba. Habían dejado casi totalmente de hablar de él, para hablar –casi totalmente- de ella. Pero eso no le disgustaba lo más mínimo, al contrario: le apetecía seguir hablando, quizá mejor fuera de allí. Echó un vistazo todo a su alrededor. Todo estaba en orden.
- ¿Vamos a seguir esta conversación dando un paseo por el río? –preguntó el Dependiente.
- Aquí se está más calentito... –dejó que el eco contestase por ella.
Y algo en su expresión hizo saltar una chispa o una sonrisa. Él sonrió y se dijo: sí, son unas hermosas y casi invisibles antenas.
Así que siguieron allí.
...
Dos horas y media después –y casi cuatro horas en total, después de la hora de cierre habitual- el Dependiente estaba echando la llave al último cierre.
Pero ella se había ido casi dos horas antes.
¿Qué había pasado entre medias?
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Él volvió dando un paseo a casa, aunque vivía cerca y no tardó ni diez minutos; así que tampoco le dio tiempo a averiguar nada. Además, procuraba no pensar mientras andaba.
En cuanto llegó a casa se puso a escribir.
Cuando llevaba no mucho se paró. Puso una canción o salió a dar un paseo. Da igual: el caso es que el texto se quedó así. Ya lo terminaría en otro momento.
*****
Posiblemente aquel mismo día, aquella misma noche, intentando averiguar cómo debía seguir a partir del punto en que había dejado el relato aquel, pensó sin poder evitarlo en el poema de Pound y dudó intensa y absurdamente de que fuese a seguir allí al día siguiente, a primera hora de la mañana.
Y -no podía creerlo-: era un poema muy corto, muy sencillo ¿no?; era preciso, sí. Sí, él retenía el concepto, se acordaba de lo de las antenas, pero...
Pero el resto –no, no podía creerlo-, el resto... lo había olvidado.