Crear Redes

¿Y?
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En ocasiones, como ahora, me pongo delante de la página no actualizada en un par de días de la Alcachofazul, y me olvido de que se supone que yo soy el autor y por lo tanto conozco las decisiones que guían el ritmo de publicación de posts. Será porque,de la misma manera que en ocasiones se me dispara el dedo izquierdo sobre el ratón y publico, publico, publico... otras veces el exceso viene por omisión. Siempre me hizo mucha gracia lo de que se pudiese hacer “caso omiso” de algo, es decir, que la atención en el concreto caso “brillaba por su ausencia”. Contradictorios que somos, con ese pedazo de idioma.
En los últimos dos días, los momentos en que me he sentado a escribir en la página han sido “incontablemente escasos”, por no decir “sobreabundantemente nulos”, “significativamente inexistentes” o “deliberadamente ausentes”. De todas esas paradójicas expresiones, la menos acertada sería la última: nada verdaderamente deliberado ha habido en la ausencia de posts alcachoferos ayer y anteayer.
La noche del sábado al domingo llegué a casa a eso de las dos de la madrugada, como todo joven un día feriado: tras una hora de carrera por la ciudad, escuchando Belle & Sebastian, The Cure y mucha música española de los 80; tras haber escapado de un salto sorprendentemente ágil y, desde luego, motivado por el más noble impulso hacia mí mismo –sobrevivir- de entre dos coches cuyos conductores se encontraban en perfecto estado para la conducción: el de adelante parado y ciego de porros y alcohol, el de atrás acelerado y alumbrando la posibilidad de accidente con sus faros u ojos encocados; como quiera que las experiencias cercanas a la muerte suelen servir de provecho a todos aquellos que acostumbran a salir de ellas aparentemente vivos, el resto de la carrera me la pasé enlazando epifanías. La primera de las cuales fue que quizá había juzgado más la mirada del conductor que casi me atropella: no era coca lo que llevaba en la mirada, sino que estaba teniendo una speedfanía, y por eso no podía dejar de acelerar, pese a mis piernas, pese a otro automóvil, pese –en definitiva, a quien pese- a que no es bueno hacer un giro de 90º, en general –pero, particularmente, en ciudad- a más de 180 km/h.
El resto de las epifanías, sin carecer de componentes físicos y antropológicos, fueron en general más íntimas y, varias de ellas, referidas a una conversación mantenida antes de la carrerilla, por lo que me las reservo para la intimidad –unas- y para elaborar un futuro post –las demás-.
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Hoy me he puesto delante del ordenador con la intención de escribir palabras hasta completar algo que pudiera servir como post digno o, al menos, indigno. Creo que esto último ya está cumplido, pues tiene que ver más con la cantidad que con cualquier otra magnitud. Y palabras hay aquí, no sé cuantas –si alguien se parara a contarlas...- pero unas pocas, las suficientes como para decir: hala, ahí va.
No obstante, no me doy por satisfecho tan fácilmente, y no porque considere que esta página mantiene un estándar de calidad que no debo rebajar, nada de eso: aquí se publica, de ordinario, todo lo que me apetece publicar. En ocasiones, mientras estoy dándole al botoncillo apropiado, me asaltan dudas que suelo despejar diciéndome: mejor publicar y luego releer y corregir, o simplemente avergonzar(se), que no publicar. En muchas muchas ocasiones publico algo que no me convence demasiado y sólo es después, a partir de vuestros comentarios, cuando encuentro la gracia de lo que escribí –a parte de la de escribirlo y pasar, así, ese ratillo tecleando en lugar de, por poner un ejemplo, delinquiendo-; muchas veces hay un post que temo releer porque me voy asustar (¿seguro?) de su mediocridad, directamente me va a avergonzar mi torpeza al escribirlo, o seguramente sienta en el alma haberos lanzado tal ladrillo de palabras sin pensar... sin embargo encuentro a su pie uno, dos, tres, a veces más commentarios que señalan lo que el texto tenía de salvable. Paso mi mirada alucinada por aquellas palabras que no siempre reconozco como mías –lo que es normal, porque ya conocéis mi afición a plagiar y vampirizar-, me sorprendo; entonces releo y, en algunas muy gratas ocasiones, constato que se me había escapado algo de valor entre lo mucho y muy poco pensado que había escrito yo. Suelo achacarlo a que, posiblemente, mi ángel bloggero tutelar tenga anotada en al dobladillo de su túnica mi clave de La Coctelera y tenga además el tiempo, las ganas y el talento literario que me faltan para conectarse y corregir y aumentar lo que he publicado yo. Enmendar mis estropicios y proponer soluciones a mis despropósitos. Así debe de ser como vosotros os libráis de mi cachito peor y, a la vez, yo voy cobrando una especie de fama o celebridad radicalmente injusta –por buena- que de momento no me ha solucionado el tema de trabajar para vivir, pero sí que me hacer sentir inmensamente rico, en un sentido...
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Otra solución plausible para eliminar la sensación de que el producto de los leves esfuerzos de uno por escribir y dar al mundo –con minúscula- un producto legible, amateur, a veces incluso simpático, es ponerte frente a una supuesta obra profesional, en distinto medio o soporte, sin más ánimo que el de disfrutarla; y constatar la imposibilidad de esto último. Más allá: las ganas de que venga el señor y se te lleva... me refiero al señor acomodador que, si hubiese Dios, habría venido con su linterna flamígera hasta el asiento 13 de la fila 16 del Cine Palafox, ayer por la noche, y caritativamente me hubiese expulsado del cine, porque el humo saliendo de mi cabeza violaba todas las prohibiciones típicas de una sala cinematográfica, más las que se hayan añadido este año con la dichosa ley. Molestar a los otros espectadores, no sé si lo estaría haciendo –exánime, sin capacidad para decir nada o hacer aspavientos, así me encontraba tirado en la butaca-, pero una expulsión anti-humareda a tiempo me hubiese salvado de la destrucción neuronal que, sin lugar a dudas, me produjo ayer el visionado de Los 2 lados de la cama, comedieta mal desarrollada, con un guión infumable, interpretación grotesca, fallos constantes en el montaje, portadora de los mensajes (implícitos) más reaccionarios que se puedan listar, unos números musicales que subliman la vergüenza hasta hacerla, más que ajena, universal; Los 2 lados de la cama, a la que los críticos cinematográficos han tenido a bien dar:
· C.Boyero/F.Marinero/A.Bermejo (El Mundo): ****
· M.Torreiro (El País): ***
· Teófilo Necrófilo (Ser): ***
· Javier Ocaña (Cinemanía): ***
· María José Sánchez Lerchundi (RNE1): **
Eso unos cuantos, entre muchos otros que, a buen seguro, merecerían también que los incorpore a la lista de futuros fusilado por el Régimen de la Alcachofa –no confundir con la Dieta de la alcachofa). A la de Radio Nacional estoy pensando en si dejarla vivir cuando llegue el momento y, quizá, sólo sacarla un ojo por la estrella que, como mínimo, sobra en su calificación. A saber: una estrella, regular; dos estrellas, interesante; tres, buena; cuatro, muy buena; cinco, obra maestra. Yo no podría poner más que un punto negro –mala- y eso si no encuentro mejor un genuino agujero negro, por el que lanzar a todos y cada uno de los integrantes del plantel del bodrio aquel, menos quizá a Alberto Sanjuán y a las limitadas neuronas de Eduardo Martínez Lázaro que han escrito sus diálogos.
Durante mi estancia en el cine, padecí una intensa sensación de pérdida de tiempo. Permanecía allí hasta los títulos de crédito sólo porque aquello lo había elegido mi amigo M. Luego tuve que buscar un confesionario 24h. Allí purgué mis pecados, encomendándome a San Billy Wilder. Dado que no eran momentos para ponerse fino, no quise poner velas más que a él, a Ernest Lubich y, por conseguir la intercesión de alguien más afín a lo que había visto, le puse una vela a Mariano Ozores, para que le hable bien al Señó de Martínez Lázaro, que lo llame a su lado; porque los ángeles, cuando quieren ser buenos de verdad, tendrán que mentir... y porque, si el momento de la llamada llega pronto ¡no habrá tercera parte!
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Parece que he avanzado lo suficiente en este texto como para publicarlo con el pudor que sea por su contenido, pero sin vergüenza por su extensión.
No obstante, me falta la última parte que, en el plan de trabajo, iba a ser la primera y la única: la recomendación literaria que os quería hacer; uno de mis regalos de Reyes.
El diccionario Redes, combinatorio del español contemporáneo.
Me gusta mucho este libro, y no sólo porque es muy gordo y parece serio y da buena imagen, como de tío listo gafotas, si invitas a una chica a casa y no se te olvida poner el tocho sobre la mesa y calzarte las gafas de pega –cristales sin graduar- sobre la napia. A ver si no se me olvida este consejo que (me) doy... por si algún día alguna chica de esas se anima a acercarse a casa –aunque sea, que se acerque a menos de 500 m.-.
De momento, le he encontrado otro uso: como disparador creativo. Busco una entrada y, como está puesta en contexto, de repente –no epifánicamente en este caso- me aparecen cinco o seis ideas para escribir. No creo que sea buen método (por sí sólo) para elaborar textos trabados y con sentido. Pero desde luego que no está mal si lo que uno pretende es, simplemente, lanzarse a fatigar una página en blanco con incisiones y putadas... digo punzadas, y roces y raspones de la punta de una pluma. No digamos ya el teclado de un ordenador, que permite escribir un número mucho mayor de tontunas, en menos tiempo y con menos esfuerzo.
El otro día, después de la iluminadora carrera de que os hablaba antes, trufada de pruebas de supervivencia e ideas incluso potables, no necesité acudir al diccionario este –además, correr con él sería, digamos, una especie de penitencia; quizá anticipada, por haber pagado la entrada del peliculón ese que os contaba...-; al final de la carrera, en lugar de desarrollar los temas recogidos a lo largo de una hora corriendo y a lo ancho de la ciudad y... desde lo profundo de mi sudoración, los apunté y me dediqué a otros menesteres, también con palabras.
Hoy, en lugar de tomar el guión parido entonces para parir las paridas correspondientes, me apetecía tomar un café. Lo he hecho. Y terminado este, cogí el diccionario. Lo tomé y lo abrí, por la página en la que viene la palabra “crear”. Luego me puse a escribir y este texto mediano –pero, en todo caso, textículo en busca de autor- se me ha ido por otros lares.
Sin embargo, voy a terminarlo según pensé en empezarlo. La entrada de Redes para crear:
Crear: a medida, a trancas y barrancas, de cero, de la nada, en equipo, ex nihilo, virtualmente.
De momento me guardo creación, creación y construcción, creatividad. Así tengo más de un as guardado entre las hojas (azules). Además, no es habitual que una entrada del diccionario –de un diccionario nada usual- acierte tanto, tan bien y venga a ayudar de tal manera a la construcción de un texto creado casi de cero, un poco a trancas y barrancas, a medida del autor, que bien pudiera decirse que es un equipo –autor+lectores-, que del cero llega al infinito –en sonrisas- demostrando que, aunque valga poco, del nihilo sale algo más que la nada: cocodrilos; que todo parece que pueda hacerse virtualmente.
Pero no. Esto es real: el diccionario pesa, es la prueba; la entrada inspira, pone a prueba; el texto queda, la entrada ha esperado a aparecer al final. Ahí está todo: aquí.

Ahora sólo me queda esperar a mí, a que lo probéis vosotros, le leáis. Me quedo atento, mirando vuestras caras, vuestras manos, vuestros commentarios...
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Gracias.
:-)

¿Sobre mí?
Alcachofazul...
niña cegatazul dijo
el santo acomodador con su dedo luminoso debió sacarte de la sala de cine, no por fumeta neuronal, sino por alumbrar la sala con tus hojas azul fluorescente. Brillante!
9 Enero 2006 | 12:18