Caminaba desde el hospital hasta el metro.
Escuchaba Sweet Charlotte o French disko, las confundo. Era Stereolab...
La vida no está llena de coincidencias. En ocasiones, es símplemente Una Coincidencia; un momento...
"epifanía"
lo llaman por ahí. La vida símplemente coincide entonces: la canción menos apropiada para una ocasión determinada, se convierte de pronto y para siempre en la más apropiada del mundo. Ya no podría ser otra, porque de hecho es esa; queda indisolublemente unida a una imagen, a un recuerdo, a un pensamiento. O la reproducción de un recuerdo en el que imagen y pensamiento se desencadenan mutuamente y sin fin; como en una canción elíptica -más que circular- de, por ejemplo... ¡Stereolab!
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Porque ¿os he hablado alguna vez de mi mística musical? ¿De los pasos dados constantemente a ritmo? ¿Del amanecer y bailar y trasnochar y decir... en silencio, en cualquier sitio y a cualquier hora?
¿Os he hablado de mi irreprimible, irrefrenable, irrespetuosa e irredenta, tendencia irreprochable, irrebatible y definídamente definitiva a, para, por y según la música alegre?
¿Sí?
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Entonces fue cuando me crucé con una pareja que llevaba a su bebé -una niña preciosa, pequeñísima- dormida como un ángel en su cochecito.
Pero... ¿un ángel? No, más. Mucho más.
Vida.
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Entonces es cuando decidí saltarme la boca de metro y seguir andando y entrar en la siguiente estación.
Pero sonó de pronto -y me sorprendió- Just like heaven, grabada en un cedé recopilatorio antes de que adquiriese el significado que ahora tiene... hermoso encuentro y redescubrimiento.
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Entonces...
En la vida, en el mundo... tiene que existir la muerte. ¿Y la enfermedad? Esa suele ser su antesala o, cuando no, una afortunada catársis de la que se sale vivo y, a veces, mejor.
Viva la vida y el aprendizaje; y muera el sufrimiento esteril.
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Entooonces... es lo del Nitrógeno.
Que tiene que terminar una vida viva para que nazca otra: vida por vivir.
La vida debe enseñarnos a los que estamos en nuestra franja horaria de entrenamiento, entre el inicio y el fin. Debe enseñarnos a sentir conformidad con sus leyes. Esas que existen desde siempre y que, además, han inventado los humanos: todo lo que pervive, a la larga lo hace en forma de palabras.
Podemos razonar y averiguar cuáles son las que mayor conformidad nos dan, las que fijan hermosas impresiones; como comtemplar la vida nueva tras haber salido de un hospital en el que es fácil ver cómo se extingue la vida.
La vida hace bien si nos muestra ejemplos de los que aprender conformidad. Y a nosotros nos conviene aprenderla.
Entonces ¿por qué llorar la muerte? ¿Por la propia muerte? ¿O por la vida? ¿Quizá por una canción?
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Entonces. Antes -en el hospital-. El cerebro salió en blanco.
Ahora -pensando en ello- creo que la lección de vida dentro del hospital es que la vida, aún cuando se extingue, no implica que se extinga el cariño -la fuerza enorme, peligrosa en sus excesos; mortal en su ausencia mortal...-. El cariño sigue, puede seguir.
Debe seguir.
La sonrisa.
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Entonces yo pasé andando a la pareja con la niña, pasé una boca de metro, seguí andando o paseando a toda velocidad. Algo se encendió dentro de mí.
Pasé otra boca de metro y seguí andando, junto a mi música anotando(me) palabras, todo el camino, todo el rato, toda la vida.
Mantuve el ritmo y a la vez me aceleré. Y, a la vez, estuve quieto. Todo se movía y yo, pensé...
Me preguntaba si, verdaderamente, carecía de sentido llorar. Por la vida, o más bien por la muerte; a causa de una feliz coincidencia, muy feliz...
Y llegué.
A la Plaza de España, inmensamente allí, enormemente clara y rodeada por completo del universo entero íntegro todo en aquel momento. Entonces.
Y (entonces) pensé: no se trata de darse tregua pero, quizá sí, tenga cierto sentido llorar.
Al menos, cuando el Sol da en la cara.
Te deslumbra de frente.
E ilumina, también.
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Así, nada desaparece.
:-)