Es recordada aquella tarde en la que Ulises, apenas consciente de dónde estaba, se sentó delante de su ordenador, puso su canción favorita de los últimos tiempos, subió al máximo el volumen de sus auriculares y, en tiempo y forma, presentó sus credenciales para optar a que le fuese concedido el día de 48 horas. Escribió y escribió y –él mismo era consciente- aunque bastante más espeso que de costumbre, no se puede afear en exceso su texto, correcto, con sentido, inesperadamente correcto y coherente para alguien que estaba al borde de su día y medio despierto seguido.
Había pasado la noche buscándose por todas partes. Había empleado el guguel, por supuesto. Se había ahogado un momento. Había mirado debajo de la cama, la pizarra magnética, todo el aire alrededor, las fotos y el interior de una bolsa. Había leído y escrito meils. Había recordado. Había sacado algo del interior de aquella bolsa. Se había quedado palpando su presente. Había leído un libro, que aquella mañana había forrado con plástico transparente. Había bebido agua y tomado su antibiótico. Se había sentido mejor. Había cenado dos manzanas y pan con pechuga de pollo y queso fresco, y una jarra de café de émbolo. Había recordado aquello que escribió alguna vez y la extraña relación con la comida que quedó descrita para siempre y por completo. Había jugado un extraño juego con pasas y leche en polvo. No todo lo anteriormente enunciado guarda relación, ni siquiera dos a dos.
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Por la tarde –aquella tarde- él se sentía como un viajero con la sensación de haberse parado para tener un receso en una cafetería del, por ejemplo, el Barrio Latino de París que, de repente, se cuenta de que no está en el Barrio Latino, ni en París, ni aquello es una cafetería, ni se trata de un breve descanso, sino que está en su casa, escuchando música con auriculares, sin nadie alrededor, y que está allí para quedarse, porque es su casa y, siendo así, el que se trate o no de un descanso será cuestión de las mañas que se gaste él... ¡cuando se da cuenta de que no! Que está sentado en la recepción del gimnasio donde trabaja, que la música suena para todo el mundo -por mucho que él sienta que se dirige sólo a él, que en definitiva es quien la puso-; y se da cuenta de que, ese par de dos que entra por la puerta, viene sin duda a conocer el gimnaisio, así que más le vale dejar de soñar y comenzar a medir la realidad, aunque sea a palmos; así que se levanta y:
- Hola, buenas tardes.
- Hola, buenas tardes, veníamos a informarnos...
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Al día siguiente, cuando escriba de nuevo el texto que la tarde anterior se quedó más que a medias, se dará cuenta de que, verdaderamente, estuvo esas 48 horas sin dormir; pero luego habrá descansado y eso -¡menos mal!- también lo notará. Sobre todo en que las impresiones que le lleguen no serán alucinatorias, sino claras, concretas siempre; por ejemplo:
- Aquello, aquella conversación estandar, la pareja que se informó, los primeros de la tarde y, luego, todos los demás. Aquello sí que era mentira. Tal como estaba yo, mi sueño era en verdad la realidad...
Cosas de la circunstancia; por ejemplo: él nunca suele hablar solo en voz alta.
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Descansado hoy, mañana de búsqueda y encuentro...
:-)

Tenemos pruebas de que la página de su Diccionario de la Real Academia en la que figura la palabra "Descanso" no ha sido abierta nunca.
Pero en fin... tengamos fe en que conozca Ud. el significado por ciencia infusa...
Esas (h)olas...
(-:
Sí, QIA, es bien conocido por todos los buenos alcachoferos que las azules duermen poco y piensasn mucho. Las mejores, las más tiernas y sabrosas son aquellas que además escriben, algunas lo hacen bien y otras...¡mejor!