- ¿Con dos cabezas? ¿Y de qué tipo? Pues, la palabrita se las trae, bicéfalo, bice-falo... je je... ¡eeeh! –dijo mi editor, dándome un golpecito con el codo. Le había comentado la conveniencia de elaborar y dar a la imprenta una serie de reportajes en los que se tratasen dos temas de todo punto distintos: una entrevista primero, la explicación de un estudio estadístico después; una semblanza egregia para empezar, y terminar con una sabrosa receta de pollo al chilindrón; la narración de un viaje en metro para abrir boca y una serie de fotos de estudio y de desnudo, para dejar un buen sabor...
- Una pensante y escribiente y la otra vacía... dedicada a la edición.
- ¡Eeeeh! Eehee... ¿Eh? –frunció la ceja- ¿Qué quieres decir? ¿Eh-eh? –se rascó su cabeza; luego se rascó su otra cabeza; no indico en qué orden- No te pillo...
- ¡Que voy a aprovechar un montón de papelajos escritos que tengo! –qué paciencia hay que tener...- Voy a hacer, por más señas, lo que se me antoje: todo es genial. Pero concretando, para que no te asustes: voy a hacer una serie de magistrales artículos en dos partes, sin tener nada que ver la primera con la segunda, y tú los vas a publicar tal y como te los voy dando, así, tal cual ¿vale? Y lo mejor de todo es que... ¡van a ser un éxito! Como todo, todo y todo, todo lo que te entrego ¿o no?
- ¡Eh! ¿Eh? ¡Aaahh!
- ... –musité; y añadí- desde luego, ¡cuánta suerte tienes de haberme conocido y que no me apetezca autoeditarme!
Recuerdo muy bien aquel momento, cuando el tipo que se encargaba –y se encarga- de editarme, sorprendido por mi genial y ecológica idea, no era capaz de centrar la mirada, bizca, por otra parte, en lugar alguno de la habitación. Miraba a una pared y parecía abstraído en la contemplación de aquella chica tan simpática que celebraba el día de más de febrero llevando algún sujetador de menos; pero no, acto seguido, mi editor dejaba de atender el calendario de gasolinera que tantos buenos ratos le había hecho pasar entre visita y visita mía, y se dedicaba a perseguir –sin moverse del sitio, vago como era y gordo como estaba- a una mosca que llevaba viviendo en aquella gigantesca oficina durante más de seis años –desde que yo conocía al tipo aquel y me había apiadado de él, decidido hacerle mi editor, convertirlo, ya que no en un señor, al menos en alguien inmensamente rico-; la mosquita volvería a aportar la principal masa encefálica en aquel cuarto una vez que yo me hubiese ido. Cuando en su vuelo se detuvo junto al cuadro del Rey, mi entrañable editor se quedó mirándolo con la boca abierta, como aquel que se queda embobado contemplando su reflejo en el cristal. De repente –y contra todo pronóstico- reaccionó.
- Bueno, bueno, cómo te pones tú, eh... tú tráeme lo que sea, que aunque salgan fotos de falos de esas, si el primer artículo no tiene alusiones directas a la Corona, o por lo menos el falo no es real, podemos publicarlo y ya pasar el segundo de relleno. ¿Eh? Nuestro prestigio nos lo permite.
- Perdona... o no perdones: mi prestigio me lo permite.
- Eeh... sí, bueno, eso...
- Mi eeenorme prestigio. De hecho, todo el mundo dirá: genial una vez más; cómo ha sabido combinar estos dos temas, a nadie más se le hubiese ocurrido; y que relación tan clara tienen, a pesar de que nadie nunca jamás en el mundo entero hubiese sabido verlo salvo él... ¡”oh”!
*****
-Receta de Urogallo asado de Villalba a la Fanté-

Ingredientes:
· 1 hermoso urogallo
· Sal
· Aceite
· 1 copa de brandy
· Manteca de cerdo encantidades industriales
· 1 kilo de patatas

Método: El ciclópeo urogallo siempre e invariablemente lleva el apellido “de Villalba” por ser esta una población donde, tradicionalmente, suelen encontrarse las entrañables aves, no sólo en las gasolineras, dónde es casi una constante, sino incluso pidiendo la hora por las calles, para luego llevársela luego consigo y alimentar, con las serpentinescas manecillas, a sus crías –teniendo en cuenta, en este punto, que los urogallos de Villalba tienen por costumbre prohijar a cualquier bicho viviente que encuentran por la calle; por eso se dice que, en Villalba, no hay chino gordo ni taxista que pase hambre; generosidad esta que mejora mucho el sabor de esa entelequia con plumas-. El urogallo asado de Villalba es una receta que se ha extendido, como platillo gigante tradicional de toda Galicia y los pueblos más opulentos de Jutlandia, en cuyos cerros y torberas se degusta el bicharraco sin asomo de vergüenza. Tal es así, y tanto sube la demanda en fechas navideñas, que la venta de Urogallos ha pasado a suponer el 70% de toda la economía de Villalba, por lo que a las aves se las mima y se las cuida, para que les pille desprevenidas el momento de la decapitación. ¡Hummm! Decapitación... vamos ya con la receta, que se me ha abierto el apetito. Es todo bien sencillo –como se demostrará-, se trata principalmente de asar el mostrenco para así apreciar mejor su gusto a tuercas y a pecado, y luego eructar con alegría.

1.- Se limpia el urogallo y se sala. Se frota bien con limón, si le entran ganas de llorar (al bicho) se le da de beber brandy a su cabezón, que habremos apartado previamente, no muy lejos de la mesa de la cocina, para que nos de conversación. Una vez entonado el ánimo de la cabeza, nosotros untamos el cuerpo de manteca como si nos fuera la vida en ello, como en esas películas tan entretenidas que ponen los viernes por la noche.
2.- Se calienta a temperatura media el horno, se introduce el capón y se hornea durante dos horitas. Mientras podemos hacer lo que más nos apetezca, como por ejemplo salir a pasear, leer un libro, cuidar nuestra higiene personal; cualquier cosa, en general, que mejore nuestra calidad de vida, siempre que no por ello perjudiquemos la de los demás, pues no estamos solos en este mundo, ni somos su ombligo, así que mejor tener un poco de respeto ¡hombre por Dios!
3.- Ya de regreso a la cocina, donde habremos dejado al cartero encargado de regodearse de vez en cuando, revolcándose en la grasa que de consuno exuda el urogallo mantecado, frotándose el y frotando al bicho con la misma ritual saña con que arruga nuestro envío mensualmente recibido de papiros y pergaminos picantones, el muy cabrón. La operación señalada es fundamental para que el uogallo luego no se ponga mohíno ni empiece otra vez con lo mismo. Por lo que, si no ha cumplido el cartero con sumisión con su misión, luego de asar el urogallo, podemos asarlo a él, siempre con mucho cuidado de no azotarlo antes en demasía, que las carnes (tolendas) se le ablandan y él disfruta lo indecible. Si el cartero nos falla y -sobre todo- si decidimos comérnoslo, la vez siguiente podemos substituirlo en la misión de engrase por un periodista, pero nunca por un abogado ¡por favor!
4.- A todo esto, nosotros vamos cortando patatas, mientras silbamos unas romanzas florilégicas. Las patatas las freímos en una sartén o, de faltarnos esta, en dos sartenes. No hay que freírlas mucho, sino simplemente hasta que estén fritas. Es fun-da-men-tal no caer en el error del principiante: carbonizar las patatas antes de que venga a merendar –porque ya nos ha dado otra vez la hora de la merienda ¡y la familia sin comer! Desastre de mujer, esto ni es comida de Navidá ni nada ¡si ya me lo decía mi madre! Ay la pobre...- ese cuñado tragaldabas, mascachicles, tumbaollas, zampabollos, chichiribainadeglutetubérculos. Si viene él, carbonizar, ¡carbonizar con decisión, con alegría! No en vano, el cuñado gorrón, bien sabrá que más se perdió en la guerra de Cuba, pues él mismo volvió de la misma con unas purgaciones ¡en los mismísimos!
5.- Puestas las patatas en derredor del urogallo y abandonadas allí a su suerte, con la misión principal de que todo el mejunje termine de hacerse al horno –de cuya graduación de temperatura creo que no he hablado, pero ante todo soy yo discreto-, nos toca esperar otra vez. Es importante, en estos lapsos, abstenerse de delinquir. Y si se hace, no olvidar de que está más feo eso de robar que de pedir. Y si se pide para robar –por ejemplo, se pide prestada un arma a un simpático policía bipolar, es fundamental –a efectos de supervivencia- usarla contra otro, no contra uno mismo. Y, llegado el caso, es del todo necesario el limpiar bien las huellas, tanto del plausible homicidio, como de un posible, aunque de momento hipotético, suicidio. Pues lo importante, lo esencial en este valle de lágrimas, es ser discreto.
6.- Si hemos optado por el suicidio, deberíamos haber dejado una nota con las siguientes palabras: “Cuando leáis esta nota, yo ya no estaré aquí. Pero el urogallo sí, en el horno. Dejadlo reposar unos 10 minutos antes de trincharlo y servirlo ¡y recordad! Recordad para nunca olvidarlo: se presenta con las patatas, sí –como la vida misma- pero también se acompaña, bien de repollo, bien de coliflor cocida. No lo olvidéis. Y perdonadme: se me olvidó ponerla a cocer.”