Claramente, mi desapego del fútbol como espectáculo, no viene de la progresiva separación de la Primera División, los torneos de selecciones, etc., respecto al deporte.
¿Deporte?
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Hasta hace un año entrenaba equipos de chavales, todos los sábados del año escolar.
Hasta hace un año, cada sábado por la tarde jugaba mi partido. Y si surgía otro, también. Y si otro más, pues tanto mejor...
Lo cambié por otras cosas. Pero me gustaba.
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Pero los tontos que hacen que corren, por ejemplo ahora, mientras los más grandes (que iban a ganar el Mundial hace no demasiados titulares) andan perdiendo con Túnez, esos ¿desde cuándo no me dicen nada?
No sé cuándo. Pero ¿y porqué?
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Sólo encuentro una explicación -si hago descarnado examen de conciencia-, basada por supuesto en mi impar ombliguismo: antes, me sabía los nombres, las posiciones y las características de una gran parte de los futbolistas que aparecían por la tele; luego, el tiempo, su administración y su paso, y la obligación de pagar para saber -y saber de eso gratis, vale: ¡pero pagando! En fin...-, la implacable selección natural artificial, ha conseguido que nunca más ponga sobre un papel once crucecitas, perfectamente distribuídas por un campo tan ficticio como el inigualable rendimiento que esos once nombres (sobre las crucecitas, aspas, puntitos, circulitos en 4-3-3 o 3-4-3 o un suicida 2-3-5, como los de antaño; o muy pocas veces un conservador 5-3-2), esas once estrellas juntas por primera y única vez para jugar a mi mayor gloria, como el rendimiento que daría aquello: juego apabullante, resultados de órdago, la magnificiencia de mis saberes futbolísticos al servicio del más noble espectáculo, y tal.
Pero ahora eso se acabó.
Y si no juegan para mí, qué más me da si ganan o pierden. Se acabó el espectáculo. Es sólo eso.
Las consideraciones morales y estéticas sobre la ética y plasticidad del fenómeno planetario FUTBOL no son más que escusas, para no quedar como un idiota engreido -lo que soy-.
Me parece mal el fútbol porque está en todas partes -y yo soy ateo, y faltón-.
Me parece mal el fútbol porque vuelve tontos a los niños -y yo soy pedagogo-.
Me parece que ningun deportista profesional es tan vago (ni se le exige tan poco) como ¡un futbolista! -y es que yo soy (o me creo) un deportista-.
Me parece mal el excesivo negocio que parece que genera, y las deudas siderales que a los clubes les son condonadas, o recalificados sus terrenos y aquí... no ha pasado nada -y yo soy ¡vuesta conciencia!-.
Y me parece fatal el seleccionador español porque es un tío asqueroso y un impresentable que deja perlas como lo del negro de mierda y la reciente de que cómo le van a dar flores a él que no le cabe el pelo de una gamba por el culo, además de ser un plomo, en lo futbolístico -y será porque soy ¿un simpatria?; además de que las gambas no tienen pelos, sino bigotes-.
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Mientras escribía esto he oído que fuera del gimansio, y dentro del gimnasio, un par de tipos gritaban, sin duda por alguna cuestión importante: eran los gritos que hubiese dado cualquiera si hubiesen matado a su madre, o (no creo) si les hubiesen anunciado la concesión del premio Nobel de Literatura.
Me parece que es que España ya va ganando a Tunez y el orden en el mundo se ha reestablecido. Así que mañana todos seremos un poquito mejores.
Así que mañana yo seré mejor, porque soy español. Y podré desdecirme (¡orgulloso!)de todo lo que he escrito aquí.
Porque ¿miento o exagero?
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Echo de menos entrenar a los chavales.
Y jugar, pero eso casi menos.

Y este tipo sí que es un impresentable.
Aunque España haya ganado a Túnez. No va a ser menos impresentable por eso.
¿O sí?